Por Mario Rubén Álvarez
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En el Gobierno de Nicanor Duarte Frutos, a pesar de su acaramelado discurso populista de atención preferencial a los mboriahu apî del Paraguay, a los mba’eve ndoguerekóiva, los pequeños agricultores son los más olvidados.
Los que con suerte tienen 10 hectáreas de tierra, los que han repartido ya su propiedad en parcelas más pequeñas para sus hijos o alquilan una hectárea del vecino para poder cultivar, no figuran en los planes gubernamentales. Oikomireínte, táî ku’éicha.
Si pueden, lo mejor es que se vayan a España a recolectar aceitunas, a cuidar ancianos o lavar platos. O, en el peor de los casos –para el Gobierno–, que emigren hacia la capital para engrosar el cada vez más ancho cinturón de pobreza. Poco importa que los hombres se entreguen de lunes a lunes a la caña, que sus esposas vendan pohâ ro’ÿsa, que sus hijas se prostituyan y que sus hijos ensayen asaltos para sobrevivir.
Lo claro y concreto es que las copiosas lluvias de los últimos cinco meses –desde setiembre del año pasado– hacen crecer desaforadamente los yuyos mientras, en proporción inversa, decrecen las esperanzas. “Mba’evéngo ndaiporivéi, hi’âche ko la fin del mundo oguahê’íntema la mboriahúpe”, decía una campesina que improvisaba un fideo pupu nandi un caluroso y húmedo mediodía.
El algodón hace tiempo dejó de ser blanco. Decir hoy que es negro no retrata la gravedad de la situación. Que la actual situación del mercado y el dólar anémico permitan pagar apenas la miserable y vergonzosa suma de 1.300 guaraníes por kilo es una trompada brutal a los productores. Si a ello se le agrega el raquítico subsidio que el Gobierno ofrece sin vergüenza alguna, ya se termina de pintar una de las caras del abandono en el que se encuentran los más desamparados de los desamparados del Paraguay.
Gabriel García Márquez, en Cien años de soledad cuenta que en Macondo llovió 300 días con sus noches. Ndopivéi. Una especie de ama perpetuo que el Calendario de Bertoni no anotó por producirse en latitudes distantes de su registro. Los campesinos paraguayos, en tres años y medio de gobierno, ya llevan casi 1.280 días de ñemboyke permanente. Es un diluvio de olvido imposible de reparar.
La política gubernamental es la ausencia de política para los agricultores. Los cuatro ministros del ramo anteriores al que acaba de asumir sus funciones han sido la prueba más palpable de esa afirmación. Antonio Ibáñez, Gustavo Ruiz Díaz, Abel Santacruz –que tal vez hubiera sido bueno como guionista de telenovelas locales lacrimógenas– y Ricardo Garay fueron menos que figuras decorativas.
Esos funcionarios de alto rango y baja eficiencia nada hicieron para cambiar el destino de los pyta jeka que en algunas partes del país cobran 15 mil guaraníes por día de corpida o carpida, que es nada más que el equivalente a un kilo y un cuarto de carne vacuna que no se exporta todavía.
El quinto jinete de Agricultura, Alfredo Molinas, demostró un hábil manejo mediático en su gestión al frente de la Secretaría del Ambiente (Seam). Ojalá sea el último guaino de la tan estratégica cartera ministerial, y que los casi 550 días de gobierno que le restan a la actual administración sirvan para recordar a los campesinos con algunos hechos relevantes que impliquen aunque sea un mínimo reconocimiento a su dignidad.