Opinión

Los gatos y el demonio

El video que circuló desde ayer en las redes sociales, donde el pastor de una iglesia (¿!¡?) dice que los gatos son el demonio, tiene potencial para convertirse en el motivo de indignación de la semana. ¡Y eso que apenas es martes!

Brigitte Colmán Por Brigitte Colmán

Como era de esperar el mentado video consiguió encender la indignación popular, particularmente por el testimonio de un tipo que cuenta muy tranquilo cómo va por la vida atropellando gatos, ganándose con esto elogios del pastor y aplausos del público presente en el lugar.

Aparte de la crueldad animal confesada por el idiota en cuestión, lo que me impresiona es la capacidad que mantienen muchos de todavía asombrarse ante lo absurdo, y por la estupidez humana. Sin embargo, al mismo tiempo considero que es muy comprensible, porque en este país, y en esta ciudad, prácticamente respiramos despropósitos, situaciones ilógicas y disparatadas. Me refiero a los que muy seriamente se mostraron asombrados de que hubiera gente que acude a esa iglesia, y a la que le cuesta creer que realmente haya gente que escucha impasible que un muchacho les diga que los gatos son demonios.

A todos los asombrados e incrédulos les recuerdo un dato. Vivimos en un país en el cual, más de 122 mil personas le votaron a Nenecho para que sea intendente de Asunción. ¿Quieren escuchar más?

Vivimos en un país que tiene la entidad de seguridad social más grande, sostenida por trabajadores y patrones, pero que es mal administrada, mal gerenciada y mal gobernada por el Partido Colorado, que la ha convertido desde hace décadas en un botín político.

El Instituto de Previsión Social pertenece y es sostenido por trabajadores y patrones, pero le niega atención digna a sus verdaderos dueños, humilla a los que buscan un turno para consultar con algún especialista, maltrata a los que forman largas filas solamente para escuchar como respuesta que no hay medicamentos; sin olvidar la impunidad tras la cual esconden los casos de mala praxis.

Con qué derecho le vamos a criticar a esos que van a aplaudir al pastor y al matagatos, si nosotros vamos a pagar de nuestros bolsillos la construcción de un puente que solo les va a servir a los ricos que van vivir al otro lado del río, en su fantasía snob a lo Miami. 120 millones de dólares nos va a costar el puente que no necesitábamos, y no dijimos nada al respecto.

Qué podemos decir si aceptamos el absurdo de vivir en una ciudad que se está quedando sin historia. Una capital del país en la que nadie hace nada cuando impunemente y sin la menor culpa van derribando los últimos restos de la memoria arquitectónica de la ciudad; cuando aceptamos hace rato que nos dejen sin centro a cambio de irnos de paseo al shopping.

Y hablando de paseo, tampoco decimos nada porque decidieron hacer una Costanera para los autos y no para la gente. Una Costanera que podría haber sido un sitio privilegiado para el descanso y el esparcimiento de las familias, para el encuentro de la ciudadanía en un espacio seguro. Pero en vez de hacer algo positivo para la gente, llenaron de cemento, se olvidaron de plantar árboles que den sombrita, se olvidaron de que hay que dejar de contaminar la Bahía de Asunción para que los niños puedan darse un chapuzón en el ardiente verano o incluso podrían haber previsto algún tipo de infraestructura al aire libre para conciertos.

En cambio, el intendente elegido por 122 mil asuncenos va a poner estaciones de servicio en plena Costanera, y por las dudas va a llenar la ciudad de estaciones de servicio; y las ubicará frente a escuelas, frente a hospitales y frente al río.

Porque así como hay gente que va a iglesias donde le dicen que los gatos son el demonio, y que está bien matarlos nomás, están también los que ante el señalamiento de corrupción, sacan a relucir sus carnés de provida y profamilia. Porque lo absurdo no tiene límites.

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