12 abr. 2026

Lo que podríamos aprender con la UNA

Por Gustavo A. Olmedo B. golmedo@uhora.com.py

Las manifestaciones que se registran en la Universidad Nacional de Asunción (UNA), tras hacerse públicos los casos de corrupción, como nepotismo y distribución irregular y discrecional de rubros docentes, entre tantos manejos ilegales e inmorales ahora difundidos –aunque hace mucho tiempo conocidos a nivel de la comunidad universitaria– deberían ayudarnos, por un lado, a calificar sin eufemismos prácticas de este tipo, muy difundidas en nuestro medio, y, por otro, a reconocer la grandeza del deseo humano.

Hay mucho que aprender. Por un lado, que la Universidad Nacional, con sus dependencias, instancias y facultades, no es una seccional colorada ni un comité político partidario y, por tanto, no puede ni debe ser administrada con la lógica de la politiquería, donde el prebendarismo lleva la delantera como herramienta de manejo.

Por otro, no corresponde convertir a esta institución –tan esencial para el desarrollo del país– en el negocio del rector y sus amigos; de los decanos y altos funcionarios. Eso no está bien. Una cosa es la necesidad de funcionarios idóneos de confianza y otra es el nombrar a hijos, sobrinos y toda la parentela que se venga, sin concurso alguno y salarios desproporcionados, sin siquiera ruborizarse por ello. Eso es corrupción, y hay que llamarlo así, más allá de las justificaciones que siempre encontramos: que se trata de una cuestión cultural, de que “estamos luego” en el país de los amigos, que todos hacen lo mismo, etcétera.

Urge llamar a las cosas por su nombre, en un tiempo en el que todo parece estar distorsionado; en donde al cómplice se le llama “amigo”, a la trampa “una ayuda"; a la coima “una colaboración”, a la evasión, “un derecho” ante en Estado que no cumple con sus funciones.

En otro orden, estos sucesos nos enseñan que en el corazón de todo ser humano, en especial de los más jóvenes, está latente el deseo de justicia, de verdad y cumplimiento del pleno bien. Solo basta dejarse interpelar por algo o alguien para que las exigencias afloren.

Por ello, frente a estos jóvenes, el desafío no solo es trabajar por una Universidad más honorable, sino buscar que sus anhelos de justicia y verdad no terminen en el escepticismo y la resignación, propias de los adultos. Hay mucho que aprender, pero quizás lo esencial sea la necesidad de involucrarse siempre con la realidad, para crecer con ella, y dejar que las exigencias del corazón sigan brotando. Es la posibilidad de que los cambios sigan, aun cuando todo parezca volver a la normalidad.