Por Andrés Colmán Gutiérrez | Twitter: @andrescolman
“Hay algo nuevo aquí...”, les dije a mis compañeros colegas periodistas más jóvenes, cuando vi a históricos dirigentes de la Federación Nacional Campesina (FNC), como Eladio Flecha o Marcial Gómez, juntos con otros también históricos dirigentes de la Mesa Coordinadora Nacional de Organizaciones Campesinas (Mcnoc), como Luis Aguayo o Belarmino Balbuena, en el acto de la 21ª marcha campesina y de la huelga general, en la plaza del Congreso.
Quienes tenemos más memoria de otras coberturas periodísticas, sabemos de las antiguas rivalidades entre quienes dirigen las dos principales organizaciones campesinas del país, que les impedía movilizarse o trabajar juntos, especialmente, desde la ruptura tras una de las tantas marchas, allá por 1998. Que ahora hayan podido superar las diferencias y trabajar juntos, ¿es un signo de madurez y de avance en la lucha social?
“Es la propia gente la que nos obliga a madurar y a mirar con otras perspectivas. Hay tanta necesidad, que no podemos darnos el lujo de pelearnos entre nosotros”, admitió Luis Aguayo, en la entrevista durante la transmisión on line de ULTIMAHORA.COM, desde nuestro estudio móvil en la plaza.
Al final de la jornada, pudimos reconocer otros signos de una jornada de protesta diferente. No se produjeron los enfrentamientos violentos que algunos oscuros profetas políticos –cercanos al Gobierno y al Partido Colorado– habían anunciado, con evidentes intenciones de inspirar miedo en la población.
No se produjo el tan mentado “otro marzo paraguayo”. Por el contrario, los grupos de trabajadores y de campesinos organizados, al igual que el de los estudiantes y movimientos políticos y sociales de izquierda, mantuvieron un comportamiento cívico ejemplar.
Desde el Gobierno también hubo un cambio importante de postura, desde el día antes de la huelga. Tras los ataques o la negación inicial, se abrió repentinamente a una actitud de diálogo, que ayudó a apaciguar los ánimos. Las fuerzas de seguridad mostraron un despliegue profesional, sin caer en tentaciones represivas.
Más allá de las consideraciones sobre el nivel de éxito alcanzado por la huelga, queda un saldo positivo: La comprobación de que hubo crecimiento y evolución en las organizaciones obreras, campesinas, estudiantiles y populares. Y la inmediata instalación de las mesas de diálogo –más allá de algunas ausencias puntuales– así lo confirman. Es el gran desafío que deja la huelga: Demostrar que se puede dialogar por encima de las diferencias y encarar juntos los grandes problemas del país.