18 abr. 2026

Lo popular y lo participativo

Por Mario Ramos-Reyes

Democracia exige participación. Afirmar y defender esta pretensión sería innecesario si no hubiera personas, políticos al fin, que aún insisten en lo evidente de la misma. Es que parece que una democracia que niegue esta postura - y algunas lo harían a sabiendas- sería remedo, una burda imitación, un sistema fingido, nunca una democracia real, participativa. Ahí están, a los cuatro vientos, los gritos “bolivarianos” metidos en el esqueleto del “luguismo” haciendo afirmaciones de este tenor: la democracia que no permite la participación no es democracia.

Uno no tendría que ser un experto en teoría política para estar de acuerdo con dicha pretensión; una democracia debe ser participativa para ser tal. Pero la cuestión en el caso que queremos comentar no es sólo eso; el tema es el cómo se participa y quiénes realmente poseen esa “legitimidad” de participación. Parecería ser que la condición que se debe llenar es la de no ser “burgués”, sino parte del “pueblo” o de la clase trabajadora, popular u olvidada por los poderes, etc. Lo participativo tiene, entonces, un canal de participación y es el de pertenecer a una clase o estamento o grupo social, como las democracias sindicales y populares. Desde la izquierda política de raíz leninista hasta su némesis, las corporaciones del Estado fascista en la derecha totalitaria, ambas abogan por las únicas, aparentemente, formas activas y explícitas de participación política. El resto sería mera gesticulación burguesa.

Lo lógico detrás de ese leninismo-fascista - los extremos son camaradas y se abrazan después de todo- es que grupos de intereses comunes defienden mejor a dichos intereses. ¿O no era acaso Mussolini el que gritaba a los cuatro vientos que la necesidad de participación de sus grupos de profesionales del mismo ramo era la manera más directa de plantear los problemas del gremio al Estado? Es más, decía que los gremios eran parte del Estado. Nada sin el Estado. Para el fascista o el marxista de clase, qué más da, la representación política de partido elegido por el pueblo no sería el medio legítimo, pues, como ya lo habíamos escrito hace un tiempo, sería nada más que parte de la conspiración de la democracia liberal burguesa, que no representa cuerpos, sino solo a cadáveres de individuos egoístas.

Esta es la versión participativa de la democracia que se invoca hoy día, desde la “bolivariana” de Venezuela de Chávez hasta la “indígena” de Evo, y donde la verdad política es, me temo, una participación de grupos, de presión social, tergiversan, manipulan y hasta corrompen la idea y la realidad de la democracia actual, cambiando la legalidad constitucional a gusto. ¿Qué diferencia existiría entre el stronismo y esta forma? Ninguna; sólo el color de ideología; el sistema es idéntico. Basta fijarnos a nuestro alrededor para ver cómo esta supuesta participación popular se dirige a hacer de los ciudadanos súbditos, partícipes en su servidumbre de un Estado donde el autócrata permanece en el poder hasta que no dé más.

Esta creencia, bastante extendida dentro y fuera de nuestro país, y que se amplía por América Latina, es una ilusión, es la ilusión de construir una utopía, negando la realidad de las distinciones de mérito, talento, iniciativa, e incluso suerte en la vida que embebe a los seres humanos, ciudadanos de sociedades limitadas, imperfectas, pero que eligen formas racionales y políticas pluri-clasistas de hacerse oír.

Una democracia no debe ni puede controlar la libertad ciudadana; puede estimular, educar, pero cada uno es protagonista de su propio destino; no el borrego de un grupo sectario y menos del Estado o líder carismático. Nótese un dato histórico interesante: todos los dictadores “populares” han, invariablemente, ajustado la ley a su voluntad; no es el Estado de Derecho lo que obedecen, sino, al revés, el derecho legaliza la voluntad de los mismos. ¿Es esa la participación democrática?