23 abr. 2026

Libros para la educación

Por Guido Rodríguez Alcalá

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Todo es cuestión de medición. Cuando vender sus telas, un tendero tenía un metro que no llegaba a los cien centímetros. Por eso, cuando se le pagaba por un metro de lienzo, él entregaba menos. “Mbyky la ne metro”, se quejaban los clientes. Él respondía: “Sí, pero iñanambusu”.

Según la medición del Gobierno, la pobreza bajó un 50% desde que llegó Cartes. Esto puede aceptarse solo en el sentido de que ahora los pobres tienen la mitad de lo que tenían hace dos años. La crisis se siente en todas partes, y hasta los sojeros se quejan. Las ventas se han ido para abajo: según me contó una vendedora de poha ro’ysã, ahora le piden un macito de hierbas a crédito. A los libreros no les va mucho mejor: quitando los libros de texto, con venta asegurada, los demás tienen muy poca salida; me refiero a los de historia, geografía, poesía, etc. Esto se debe, en parte, a que el MEC ha disminuido considerablemente sus compras.

Durante la gestión de Riart, el MEC impuso la política de comprarlos con licitación. Fue un paso adelante, porque muchos se habían aprovechado vendiéndole al MEC obras ilegibles. Sin embargo, también el sistema de licitaciones debe mejorarse.

En las licitaciones hechas por subasta electrónica, se decide primero el precio y después el contenido. Si el MEC quiere comprar veinte libros, debe preferir a quien le ofrezca los precios más bajos; una vez aceptados los precios, toma en cuenta los títulos. Debiera ser al revés: primero debe decidirse qué obras merecen leerse; los educadores pueden y deben decidirlo. Los precios, por otra parte, son una cuestión fácil de negociar para quien tiene alguna experiencia en la materia, como deben tenerla los funcionarios encargados del asunto. Debe agregarse que, cuantos más ejemplares de un libro se imprimen, más disminuye el precio de costo por unidad. La diferencia unitaria entre mil y dos mil ejemplares anda por el 20% menos de costo en la edición mayor.

Se habla mucho de la alianza público-privada, pero deja de lado una modalidad menos peligrosa que la aprobada por ley, con negociaciones secretas y tribunales extranjeros. Es muy sencillo: que el sector público (MEC) les compre a las editoriales libros buenos, a precios razonables, y en forma regular.

De esta manera, con el aumento de la tirada, el MEC pagará menos por las obras compradas, y la editorial podrá ofrecerlas al público a precios accesibles. Es lo que se ha hecho ya en el Paraguay, y que ha bajado en los dos últimos años más del 50%. Se lo debe seguir haciendo, con más fondos y más criterio, para contribuir a mejorar la educación, que necesita más lectura.

Este es el momento de dársela, aprovechando la efervescencia estudiantil.