La gabardina, el traje de chaqueta, la falda escocesa, el vestido negro son algunas de las prendas que no envejecen, que no pasan de moda; al contrario, siempre funcionan y desprenden un halo de elegancia: son las llamadas prendas refugio, aquellas a las que constantemente se vuelve ya que sientan bien.
“Son prendas sobrias y versátiles, pero no aburridas”, dice a EFE la estilista y experta en comunicación de moda Pepa Fernández, quien añade que “además son políticamente correctas y marcan la diferencia”.
La gabardina. Es práctica y elegante tanto en el vestir femenino como masculino y ocupa un lugar privilegiado entre las prendas que no entienden de modas pasajeras.
Thomas Burberry fue el creador de la gabardina. La Primera Guerra Mundial había estallado cuando el empresario textil recibió el encargo de realizar un abrigo ligero e impermeable para que lo pudieran llevar los soldados. Así nació el trench, trinchera en inglés.
Después de la contienda se popularizó entre los británicos y se convirtió en símbolo de estilo nacional. Sobre esta gabardina construyeron su propio estilo. Actores como Humphrey Bogart, Ingrid Bergman, Audrey Hepburn, Sofía Loren o Catherine Deneuve contribuyeron a su éxito estilístico.
Traje de chaqueta. Asociado a contextos sociales formales, el conjunto de dos piezas se fue adaptando a los cambios culturales hasta convertirse en un básico infalible que aúna tradición y vanguardia.
En el imaginario colectivo, el traje de chaqueta está vinculado al poder, a la autoridad, pero también a elegancia y sobriedad, sobre todo cuando se ha confeccionado con paños naturales y tonos oscuros.
El traje de chaqueta comenzó como una pieza de vestuario masculino hasta que Yves Saint Laurent en 1966 creó el primer traje de chaqueta (esmoquin) para la mujer, rompiendo así las convenciones sociales.
Con los años, se transformó en símbolo de igualdad y hoy es símbolo de empoderamiento y libertad. “Su comodidad y funcionalidad lo convierten en un pieza eterna”, añade Fernández. Faldas a cuadros
Faldas de tartán, esas de tela de lana con cuadros o listas cruzadas de diferentes colores que se inspiran en la campiña inglesa. Es la tendencia de vestir que instaló Isabel II en Balmoral y que combinaba con jerséis de lana, las icónicas cazadoras Barbour de algodón encerado y la botas de agua. Para el verano existen opciones con telas más ligeras. Vestido negro
Pocas piezas son tan atemporales como el vestido negro, conocido como Little Black Dress (LBD), creado por la diseñadora Coco Chanel en 1926.
Esta prenda es exponente de la evolución de la moda a lo largo del siglo XX y XXI. Pasó de ser símbolo del vestir de las clases altas a convertirse en el comodín de todos los armarios, independientemente del poder adquisitivo o posición
social.
Para toda estación
Hay pocas prendas más versátiles como una camiseta blanca. No falla en un fondo de armario y en cualquier momento del año. En invierno, debajo de jerséis y cárdigans y con la llegada del buen tiempo como pieza principal. Esta humilde prenda es capaz de resolver un estilismo en cuestión de segundos.
Jane Birkin, en 1974, la combinó con una pantalón vaquero azul y creó su uniforme perfecto, un conjunto que realzó con la mítica cesta de rafia.
Empezó como pieza de ropa interior, y luego pasó a ser habitual entre los soldados de la Segunda Guerra Mundial.