Desde una lata de sardinas la vida se ve diferente. Para empezar, no hay muchas posibilidades de mirar hacia afuera, pues las víctimas van tan apachurradas que no les queda más que mirarse unas a las otras.
¿Cuántas sardinas caben en un micrito? Una, sería la respuesta del chofer, que insiste con el famoso “hay más lugar hacia el fondo”. Otra es la realidad de las sardinas. Como sea, las leyes de la física caen derrotadas ante la realidad de nuestro sistema de transporte público.
Esta lata llevaba el número 58 y creo que hace cotidianamente el viaje desde la ciudad de Capiatá, hasta un lugar que desconozco.
Dentro de la lata hacía muchísimo calor. El camioncito estaba lleno hasta el techo; pero igual los pasajeros seguían subiendo.
En algún momento del viaje el timbre dejó de funcionar. Inconveniente que se resolvió con la popular solución de silbar y gritar bien fuerte: "¡Parada, chofer!”.
En mi caso debo admitir que nunca aprendí a silbar, pero no me quejo, pues siempre que he necesitado hubo algún colega de sufrimiento que me auxilió silbando y/o gritándole al chofer.
El viaje en aquella lata era lento y cansino, en cada cuadra hacían la parada usuarios que salían del laburo y solo querían llegar a casa. Los rostros eran un mapa fácil de leer. Se veían cansados, sudorosos y un poco hartos. Pero también con la dosis exacta de resignación.
Pronto se presentó el segundo inconveniente: en un momento dado la puerta trasera –por donde baja la gente– (información necesaria para los que andan en Mercedes del año, como seguramente lo hace el dueño de aquella línea) se soltó y quedó colgando.
La puerta se hubiera caído si no fuera por un muchacho que durante un buen rato la fue sosteniendo. Hasta que el pobre chofer se percató, paró el bus y procedió a buscar una solución.
La lata iba llena como dije antes, el micrito era muy pequeño y hubo que ubicar la mentada puerta en medio de los pasajeros. Nadie se quejó y todos colaboramos.
Muy folclórico y chistoso parecerá, pero todas las sardinas habíamos pagado un pasaje, bastante caro para viajar de esa manera.
Viajar en un micrito lleno es lo más parecido a darse un baño de multitud, a uno lo pisan, lo empujan, le tosen en la cara, sin mencionar los olores y los acosos que sufrimos las chicas.
Pero –para que no me llamen amargada– mencionaré, sin embargo, que aquella chatarrita estaba tuneada con una pantalla que emitía bloopers.
Algunos reían al mirar los videos, pero nadie reía tanto como el empresario millonario, gracias al sufrimiento de nosotros, las sardinas.