La tradición de los huevos de Pascua se vincula con celebraciones germánicas y de la antigüedad, que celebraban el inicio de la primavera y el renacimiento de la naturaleza, utilizando el huevo como símbolo de fertilidad. Luego, la Iglesia cristiana adoptó esta tradición y le dio un nuevo significado teológico.
El huevo representa la tumba de piedra de Jesús, y la vida que sale de él simboliza la Resurrección. Durante los 40 días de Cuaresma, estaba prohibido comer huevos. Para conservarlos, la gente los cocía y los pintaba para diferenciar los frescos de los viejos, y los consumía el Domingo de Resurrección.
Históricamente se bañaban en cera o se pintaban de colores vivos para regalarlos. Con la popularización del cacao, los huevos de gallina fueron sustituidos progresivamente por huevos de chocolate, una costumbre que se consolidó en Europa.
“La tradición de repartir los huevos de Pascua a los niños es un ritual que sirve como fortalecimiento de la unión familiar, convirtiéndose en una experiencia de gratificación compartida donde conjugan la ilusión y el juego, lo que permanece en la memoria de manera positiva hasta la edad adulta y se va repitiendo de generación en generación”, afirma la psicóloga Alicia Martínez de la Pera.