08 may. 2026

La siembra y la cosecha

Salió el sembrador a sembrar su semilla, nos dice el Señor en el Evangelio. El campo, el camino, los espinos y los pedregales recibieron la semilla: el sembrador siembra a voleo y la simiente cae en todas partes. Con esta parábola quiso declarar el Señor que él derrama en todos su gracia con mucha generosidad.

Lo mismo que el labrador no distingue la tierra que pisa con sus pies, sino que arroja natural e indistintamente su semilla, así, el Señor no distingue al pobre del rico, al sabio del ignorante, al tibio del fervoroso. Dios siembra en todos; da a cada hombre las ayudas necesarias para su salvación. En la oficina, en la empresa, en la farmacia, en la consulta, en el taller..., en todas partes, allí donde nos encontremos, podemos dar a conocer el mensaje del Señor.

Él mismo es quien esparce la semilla en las almas y quien da a su tiempo el crecimiento. «Nosotros somos simples braceros, porque Dios es quien siembra». Jesús, «por medio de los cristianos, prosigue su siembra divina. Cristo aprieta el trigo en sus manos llagadas, lo limpia, lo purifica y lo arroja en el surco, que es el mundo», con infinita generosidad.

Nos toca preparar la tierra y sembrar en nombre del Señor. No deberíamos desaprovechar ninguna ocasión de dar a conocer a nuestro Dios: viajes, trabajo, enfermedad..., todo puede ser ocasión para sembrar en alguien la semilla que más tarde dará su fruto. El Señor nos envía a sembrar con largueza. No nos corresponde a nosotros hacer crecer la semilla; eso es propio del Señor: que la semilla germine y llegue a dar los frutos deseados depende solo de Dios.

Debemos recordar siempre «que los hombres no son más que instrumentos, de los que Dios se sirve para la salvación de las almas, y hay que procurar que estos instrumentos estén en buen estado para que Dios pueda utilizarlos». «Si perseveramos, si insistimos bien convencidos de que el Señor lo quiere, también a tu alrededor, por todas partes, se apreciarán señales de una revolución cristiana: unos se entregarán, otros se tomarán en serio su vida interior, y otros -los más flojos- quedarán al menos alertados».

(Frases extractadas del Libro Hablar con Dios de F. F. Carvajal)