El sacerdote en la misa es únicamente el instrumento de Cristo, sumo y eterno sacerdote. Cristo se ofrece a sí mismo en cada una de las misas, del mismo modo que lo hizo en el calvario, aunque ahora lo hace a través de un sacerdote, que actúa in persona Christi. Por eso “toda misa, aunque sea celebrada privadamente por un sacerdote, no es acción privada, sino acción de Cristo y de la Iglesia, la cual, en el sacrificio que ofrece, aprende a ofrecerse a sí misma como sacrificio universal, y aplica a la salvación del mundo entero la única e infinita virtud redentora del sacrificio de la cruz”.
El mismo Cristo, en cada misa, se ofrece manifestando la amorosa entrega a su padre celestial, expresada ahora por la consagración del pan y, separadamente, la consagración del vino. Este es el momento culminante –la esencia, el núcleo– de la Santa Misa.
Nuestra oración de hoy es buen momento para examinar cómo asistimos y participamos en la Santa Misa. “¿Estáis allí con las mismas disposiciones con que la Virgen Santísima estaba en el calvario, tratándose de la presencia de un mismo Dios y de la consumación de igual sacrificio?”.
Amor, identificación plena con la voluntad de Dios, ofrecimiento de sí mismo, afán corredentor.
(Frases extractadas del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal)