Opinión

La política sin principios

La semana pasada hubo dos acontecimientos políticos de gran importancia que me llenaron de sorpresa y de estupor: uno fue en la Argentina con el anuncio de la fórmula presidencial de Mauricio Macri con Miguel Ángel Pichetto, el otro fue en el Paraguay con el anuncio de las nuevas autoridades del Congreso.

En la primera, Mauricio Macri, que había llegado al poder para cambiar la historia de 70 años de decadencia de la Argentina –en gran parte debida al populismo peronista– ha decidido poner como vicepresidente en su fórmula presidencial justamente… a un peronista.

En la segunda, Mario Abdo que ha llegado al poder gracias a su enfrentamiento contra el cartismo y el llanismo por el intento de violación de la Constitución, ha entregado las presidencias de ambas Cámaras del Congreso justamente… a sus adversarios políticos.

Ambas decisiones se encuadran en lo que hoy se llama elegantemente “pragmatismo”, que no es otra cosa que dejar de lado los principios con tal de conseguir el objetivo.

En el caso de Macri el objetivo es conseguir los votos necesarios para vencer en las próximas elecciones; en el caso de Abdo el objetivo es conseguir los votos necesarios en el Congreso para la aprobación de sus proyectos de ley.

Los “pragmáticos” dicen que la política se reduce a la aritmética simple, porque en política lo que cuenta es sumar más votos que los opositores para llegar al poder y sumar más votos en el Congreso para poder gobernar.

Lula ha sido el mejor ejemplo de “pragmatismo”, donde para ganar las elecciones y para poder gobernar construyó una alianza de 10 partidos políticos que iban desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha y donde el elemento aglutinante fue la corrupción. Hoy Lula está preso y el Brasil sumergido en una grave crisis política, económica y moral.

Es cierto que en la vida muchas veces hay que ceder en ciertos aspectos en la búsqueda de un objetivo superior y de resultados prácticos, pero existen límites que no pueden o no deben pasarse. Esos límites están marcados por los principios, por los valores y por la ética.

Hasta antes de la caída del muro de Berlín en el año 1989 la política era muy diferente a la que tenemos actualmente. Existían partidos políticos que agrupaban a las personas con creencias similares y estos partidos políticos competían en la lucha por el poder.

En esos partidos políticos había ideologías diferentes como el liberalismo, el socialismo y el comunismo; había utopías sobre un mundo mejor; había principios para aliarse y asociarse con los que comulgaban con las mismas ideas.

Pero desde 1989 hasta la fecha vivimos en una democracia donde no existen utopías ni ideologías; donde no existen planes ni propuestas. Vivimos una caricatura de la política. La política se ha convertido en una lucha por obtener y conservar el poder… por el poder mismo.

Para obtener ese poder, hay que tener un candidato atractivo, prometiendo lo que no va a poder cumplir y rodeado de asesores de márketing; para conservar el poder hay que pactar con Dios y con el diablo, con tal de tener mayoría en el Congreso.

Hoy ya no se habla de partidos políticos sino de espacios políticos, es decir un lugar imaginario donde se encuentra circunstancialmente el político y del cual puede saltar a otro espacio político absolutamente opuesto sin ningún rubor, porque no existe ningún tipo de principios que los una, sino el simple interés coyuntural.

Con enorme razón Mahatma Gandhi decía que los 7 pecados sociales eran: la política sin principios, los negocios sin moral, la riqueza sin trabajo, la sabiduría sin carácter, la ciencia sin humanidad y la oración sin caridad.

Lamentablemente en el Paraguay todos los días vemos ejemplos de estos pecados sociales, especialmente de los tres primeros: el de la política sin principios, el de los negocios sin moral y el de la riqueza sin trabajo.

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