10 ene. 2026

La política de apagar incendios

El año pasado la furia de la naturaleza se vistió de inundación, sequía y una ola de incendios en el Chaco que arrasaron con más de 300 mil hectáreas, con la consecuente destrucción del suelo, la flora y la fauna. Entonces, los organismos estatales demostraron poca capacidad para contener el fuego y se tuvo que apelar a la colaboración de países vecinos que enviaron sus aviones hidrantes, además de los siempre valientes y dispuestos bomberos voluntarios.

Pasó el tiempo y hoy el infierno llegó a la ciudad de manera despiadada y rápida, en medio de altas temperaturas. Focos de incendio se apoderaron de partes de Asunción, ciudades de Central, Areguá, Altos, San Bernardino. El fuego derribó montes, consumió viviendas y hasta el momento segó una vida. La alarma sonó más fuerte. No es lo mismo ver por televisión y horrorizarse con los incendios en lugares lejanos, que ver, sentir y sufrir el infierno a metros de la casa, contemplando impotente cómo se destruyen lugares conocidos.

El comportamiento de la naturaleza ha cambiado drásticamente en las últimas décadas. Los científicos le llaman cambio climático, una variación global como resultado de la intervención humana, modificando temperatura, patrones de viento, lluvias y otros efectos. Y aunque muchos quieran negarlo, existe. La temperatura del planeta subió más de 7ºC, y el calentamiento global seguirá en ascenso.

Las señales de su agonía son cada vez más severas, pero a pesar del escenario apocalíptico, el mundo en general y la sociedad paraguaya en particular no se ha sentado a debatir cuál es el rumbo que debemos tomar para evitar mayores catástrofes cuyas consecuencias sufrirán en mayor medida las siguientes generaciones.

Cuando suceden estos episodios impactantes, no hay intención de debatir el asunto. Se polarizan los argumentos al solo efecto de descalificar al otro, llevando a posiciones extremas que no conducen a nada. Muy oportuno para aquellos que quieren mantener el estatus quo porque un cambio de política ambiental significaría reducción del lucro desmedido que no están dispuestos a ceder. Debatir sobre el cambio climático es debatir el modelo económico y allí está la principal traba. Quien ose hablar de desarrollo económico sostenible es directamente descalificado como zurdo o haragán en un país cuya economía a gran escala se basa en la agricultura (soja) y la ganadería, actividades que requieren “sabanizar” la tierra y en muchos casos eso significa deforestación.

Paraguay es uno de los países más deforestadores del mundo para la producción de carne vacuna, según un informe de IDEA. En sus inicios como el país tenía 27 millones de hectáreas. Hoy ni siquiera la mitad: 12 millones. Y el hato ganadero duplica a la población del país: se estima que hay 14 millones de cabezas de ganado. Pero tanto la soja como la ganadería son los grandes impulsores de la economía paraguaya.

EXTREMOS. Los incendios han sacado de la agenda mediática al coronavirus, en tiempos en que el Gobierno decidió flexibilizar las precauciones. Así como el Covid-19 demostró la precariedad del sistema de salud pública y el Gobierno tuvo que salir a combatir al virus con lo poco que tenía y apelar a una de las deudas externas más grandes para fortalecer el sistema, la furia de la naturaleza con sus inundaciones, sequías e incendios, revela también en forma descarnada la ausencia de políticas en esta área. El Ministerio del Ambiente es casi un florero, con un ministro que logró el cargo por portación de apellido. Ariel Oviedo es apenas una sombra que balbucea justificaciones cuando suceden las tragedias. Es cierto que el organismo es convenientemente débil, pero eso no significa que él no asuma con mayor convicción el rol que le corresponde. Por cierto, la SEAM se convirtió en ministerio para que él sea ministro.

Pero no solo en áreas de la salud y el medioambiente que hoy nos acogotan forman parte de la pesadilla nacional. La ANDE (energía) y la Essap (agua potable) repiten cantinela de justificaciones con cada presidente que asume, culpando a administraciones anteriores y a la falta de inversión por décadas para explicar los colapsos diarios.

Y así, las emergencias en educación, en salud, en servicios públicos, en transporte público y otras numerosas áreas que requieren tratamiento institucional con eficacia, previsibilidad, sostenibilidad y transparencia, son sofocadas con respuestas puntuales endebles que solamente logran apagar los incendios momentáneos, que luego volverán con mayor intensidad.

Cuando finalizan la crisis, no hay capacidad de análisis, diálogo, debates ni planes para evitar cometer los mismos errores y dilapidar recursos en fórmulas repetidamente fracasadas. Es decir, se carecen de políticas públicas de largo plazo que aborden las soluciones más allá de las administraciones de turno.

Ya no se pueden combatir las catástrofes políticas, económicas y ambientales con políticas parche, discursos vacíos y esquivando soluciones que requieren coraje porque significan romper estructuras de dominación que solo benefician a unos pocos, gracias a la venalidad y la corrupción de quienes deben velar por los derechos de todos.

Es hora de poner las cartas sobre la mesa para un juego limpio, libre de prejuicios para debatir con seriedad y datos en la mano las soluciones más convenientes para la prosperidad de todos.

Basta de cartas marcadas de los tramposos de siempre que solo piensan en mantener este estatus quo, mientras el resto del país agoniza por la densa humareda fogoneada por una élite indiferente.

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