28 ago. 2025

La noche asuncena se llenó de truenos rockeros con La Renga

Por Blas Brítez
Hay bandas de rock extranjeras cuya presencia en el país se espera con paciencia. Algunas jamás vienen, y cuando otras lo hacen sus fanáticos muestran toda la animosidad producida en gran parte por la que suele ser una larga espera. La noche del viernes fue La Renga, grupo que bajó por vez primera a tierra paraguaya y demostró el porqué de su vigencia rockera después de casi una decena de álbumes grabados, y el mérito no menor de ser uno de los poquísimos argentinos en hacer llenar un River Plate.
A las 22.15, “Chizzo”, (Gustavo F. Nappoli), “Tete” (Gabriel Iglesias) y “Tanque” (Jorge Iglesias) comenzaron lo que sería más de dos horas de show, ante un público que rozaba el paroxismo. Si bien fueron varias las canciones de su último disco “Trueno tierra”, en el que el público paraguayo demostró por momentos estar bastante actualizado, no faltó el recorrido ritual por la historia discográfica de la banda. Los temas de “Esquivando charcos” (1991), “Despedazado por mil partes” (1996) y “Detonador de sueños” (2003) fueron los más coreados por la gente. La que es quizá la más conocida de sus canciones, “Balada del diablo y la muerte”, fue coreada íntegramente por las aproximadamente 3.000 personas asistentes, en una simbiosis entre público y músicos memorable. Esto a pesar de los evidentes defectos sonoros que causa el Sol de América con su acústica impresentable.
Cuando los integrantes de la banda se despidieron, después de una presentación final apoteósica, la sed de truenos “rengos” de la gente aún estaba insaciable. Y la espera del bis no fue pasiva, pues el público cantó a todo pulmón “El rebelde” hasta que aparecieran de nuevo los músicos en el escenario y “Chizzo” dijera a su vuelta: “Parece que hay muchos rebeldes en Paraguay”. Fueron unos 10 minutos de música extra con la potencia a la que acostumbra La Renga y un cierre que dejó exhaustos a todos, pero con la sensación de que la música sacude el cuerpo y el alma.
Mención aparte merece la represión policial a fans que no pudieron ingresar al show. Más allá de la presión que siempre meten los fanáticos para ingresar al recinto, la Policía demostró de nuevo que con los rockeros –pelo largo, vestidos de negro, las señas de la animadversión stronista– siempre tienen un plus de ganas para cumplir con su labor de “mantener el orden” con violencia innecesaria.