Es una película repetida. Es la historia del joven Anakin Skywalker, el esclavo pobre del planeta Tatooine que se convierte en guerrero y rescata a la República Galáctica de las garras de los falsos demócratas.
Es la historia de un héroe ataviado con los hábitos de un monje, un sacerdote de la fuerza, un Jedi.
Es también, a la postre, la historia trágica de un héroe caído, del creyente que termina sucumbiendo ante el poder, seducido por el lado oscuro de la fuerza.
Es, en realidad, el derrotero cinematográfico del temible cyborg sobre el que el genial George Lucas construyó la mayor saga de ciencia ficción de la historia.
Darth Vader, la encarnación misma del mal, la columna sobre la que los enemigos de la democracia montaron el imperio supremo... en una galaxia muy lejana, hace mucho, mucho tiempo.
Lo que convirtió a esta serie de películas en material de culto no son los efectos especiales ni los escenarios fantásticos en los que sus variopintos personajes desarrollan sus vidas
(Hoy absolutamente ultrapasados, merced a las nuevas tecnologías aplicadas en la industria del cine. Sin ir muy lejos, el planeta Pandora, de James Cameron, en su espectacular Avatar, deja a los monstruitos de la Guerra de las Galaxias a la altura de los Muppets, de Jim Henson).
Lo que inmortalizó a la saga y la convirtió en referencia obligada de la cultura pop fueron sus protagonistas: héroes arquetípicos, aventureros dotados de los más nobles sentimientos, luchadores incansables de una democracia intergaláctica, y villanos absolutamente oscuros, motivados apenas por la acumulación insaciable de poder.
Y, en medio de todos ellos, ninguno más carismático y trágico como Darth Vader, el monstruoso epílogo del malogrado Anakim.
El secreto de la popularidad del Lord Sith es simple. El espectador sabe que detrás de aquella máscara atroz, de esa respiración pesada y mecánica, de la figura oscura y perturbadora, hay un hombre roto, un héroe quebrado, un sacerdote infiel, un ser humano que se dejó seducir por el poder.
El descenso de Darth Vader es casi shakespeariano.
Las conspiraciones, las mentiras, las pasiones, la degradación progresiva, la necesaria y falaz justificación de las acciones.
El hombre va perdiendo contacto con la realidad.
Anakim se desprende como lastre de sus antiguos compañeros de causa, recela de la sabiduría de los más viejos, desconfía de los consejos que antes juzgó razonables y se aparta de todo aquel que intente hacerle entrar en razón.
Su círculo se reduce.
Con el tiempo, solo presta oído a las voces que coinciden con su propia y torcida visión de la realidad, las voces bífidas del senador Palpatine, falso demócrata que termina revelándose como el señor oscuro de los Sith, el verdadero enemigo de la República, el que, de la mano del perturbado Anakim, terminará por convertirse en emperador.
El proceso es lento en sus inicios y cobra velocidad en la medida en que el desenlace se acerca.
El guerrero Jedi queda atrapado en una vorágine de poder, de la que ya no podrá salir.
Sus antiguos aliados devienen en enemigos. Donde antes veía una crítica bien intencionada, hoy solo percibe conspiración.
Lentamente, acepta como válidas las armas que antes empuñaba el enemigo.
Los sentimientos del espectador acompañan los cambios del protagonista.
El afecto y el respeto iniciales se traducen primero en pena y finalmente en bronca, cuando no en desprecio.
El final se acerca. Los escenarios se tornan oscuros. La música cobra fuerza y alcanza las notas más graves.
Finalmente, no queda nada del héroe. Los sentimientos que lo inspiraron fueron devorados por la ambición y el miedo.
El cuerpo mutilado de Anakim es recompuesto con piezas mecánicas.
Viste las prendas negras con las que quedará inmortalizado en el imaginario colectivo.
Finalmente, se coloca la máscara. Anakim ha muerto.
Es la historia trágica de un Jedi. Cualquier parecido con la de un obispo da miedo.