P. Víctor Urrestarazu
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“En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan. Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor». Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: –Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.”
Lucas 1,1-4; 4,14-21
Hoy reflexionaremos sobre este pasaje del Evangelio de San Lucas, que aunque no fue testigo ocular de la vida de Jesús recibió información de primera mano que le facilitó enormemente llevar a cabo la tarea de narrar los principales acontecimientos del paso del Señor por la tierra.
El relato comienza cuando Jesús acude a la sinagoga de la ciudad en la que se había criado cumpliendo lo que estaba mandado para los judíos piadosos. Era ya en ese momento un personaje conocido cuyas enseñanzas y milagros llenaban de admiración a las muchedumbres de toda Palestina, pero no faltaban recelos y envidias en ciertos ambientes de la sociedad de aquella época. Jesús necesitaba transmitir lo que es la esencia de su Reino que es, como también dijo, no abolir la ley sino darle cumplimiento. Por eso acudió a la sinagoga, para cumplir con la Palabra de Dios.
El texto que debía leer el Señor era del profeta Isaías, un hombre que algunos siglos antes del nacimiento y vida pública de Jesús ya profetizó lo que sería, sobre todo, su Pasión. Se trataba de algo significativo y lógico. Era un texto mesiánico que decía mucho su labor: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos”.
Grande fue sin duda la sorpresa de los que le oían, al escuchar que lo que les había leído se escribió de Él mismo y que se cumplía precisamente en aquel instante. La Palabra se había hecho carne. Aquel a quien esperaban ya había llegado.
Este texto de Lucas está, especialmente, dedicado a todos nosotros y es bien claro. Sería bueno que uno de esos ciegos que no ven, y no precisamente físicamente, no fuéramos ninguno de nosotros; sería bueno que, en caso contrario, el mensaje de Jesús nos hiciera recuperar la vista del alma.