Don Virgilio es otro de los excombatientes protagonistas de esta serie de testimonios y vivencias. Su historia dejó una huella imborrable en su comunidad, a la que dedicó su vida con compromiso y vocación de servicio hasta sus últimos días, legando recuerdos y enseñanzas de enorme valor para las generaciones futuras.
A los 18 años, el sueño de Virgilio era ser contador. Había dejado su Coronel Oviedo natal para estudiar en Villarrica junto a sus dos hermanos mayores; alquilaban una piecita para vivir entre los tres. Pero en 1935, la guerra truncó las aulas. Sus hermanos fueron movilizados y él, por ser menor, regresó a Oviedo para cuidar a su madre viuda.
Cuando cumplió la mayoría de edad, sintió que debía ir a acompañar a sus hermanos, así que anunció a su madre que iría al Chaco. Pero estando allá, nunca se encontró con ellos en la inmensidad del territorio chaqueño, pelearon en frentes distintos. Sin embargo, el destino fue generoso: los tres regresaron vivos.
Don Virgilio falleció a los 111 años, cinco días después de darnos la última entrevista en la que, con mucha lucidez y elocuencia, relató sus vivencias.
En la guerra
Estando en el Chaco, se convirtió en los ojos de su regimiento. Debido a su agudeza, por las noches trepaba a los árboles, mimetizándose con las hojas para espiar los movimientos de las tropas bolivianas. De día, reportaba las posiciones enemigas desde las trincheras.
En una ocasión, la muerte le pasó rozando. La explosión de una granada le arrebató parte de la audición y la vista del lado izquierdo. Poco después, un desmayo en el frente reveló un soplo cardíaco que padecía, así que lo enviaron a Asunción con tres meses de licencia médica. Debía reincorporarse en julio de 1935, pero el destino le sonrió, esta vez, se vistió de paz: la guerra terminó en junio.
Regreso
De aquella época, la familia de Virgilio conserva el tesoro más preciado: una fotografía en blanco y negro donde posa con un traje elegantísimo que su madre, de ascendencia italiana, le mandó confeccionar exclusivamente para celebrar su regreso.
Esa elegancia y caballerosidad jamás lo abandonaron. Don Virgilio fue líder comunitario, constructor de escuelas de madera para los niños de su pueblo, redactor de notas oficiales y productor. Hablar con él era asomarse a un pozo de sabiduría intelectual.
Líder de comunidad
Siempre trabajó en el campo, iba a caballo, trabajaba la madera y el cuero, y hasta tenían una pequeña fábrica de petitgrain. Se casó y tuvo siete hijos, un varón (ya fallecido) y seis mujeres: Tomasa, Nimia, Francisca, Sara, Apolinaria y Dominga.
Superó persecuciones políticas en la dictadura y siempre se destacó su fortaleza ante las enfermedades: le ganó simultáneamente al COVID y al dengue.
En sus últimos años, cada cumpleaños suyo convocaba un desfile militar frente a su casa. Al llegar el 8 de octubre, Don Virgilio se empilchaba con la distinción de siempre, se sentaba en la vereda y observaba el paso firme de los soldados.
Récord
Antes de su muerte, Virgilio ocupó el séptimo puesto en el ránking de las personas más longevas del mundo. Pero el número siempre fue lo de menos; lo asombroso era su lucidez: a sus 111 años, el veterano caminaba, se bañaba y se vestía solo. Fue un intelectual de la memoria: le encantaba leer libros de historia buscando comprender, quizás, los hilos del destino que le tocó vivir.
En su funeral, le rindieron los honores correspondientes y toda la comunidad asistió para darle el último adiós.