Opinión

La mano de Dios

Pensaba referirme al fenómeno de Maradona, pero para entenderlo hay que ser argentino. Por eso comparto con ustedes esto que escribió mi amigo y colega Mario Orcinoli. Con todo mi afecto a un pueblo hermano.

“Aquel 2 de abril de 1982 papá me despertó para ir al colegio como siempre, con el mate en la mano y la radio a todo volumen… habíamos invadido las Malvinas, un reclamo legítimo de soberanía… y una locura para un país socialmente quebrado y aplastado bajo una brutal dictadura militar.

− Mario, ¿te das cuenta de lo que está pasando?, preguntó mi viejo. Y recordé a mis inseparables amigos del barrio, Juan, José y Claudio, los tres un año mayor que yo y cumpliendo el servicio militar.

A 30 días de la invasión, la dictadura nos mentía tres veces al día, ¡que venga el principito!, desafiaba el general Menéndez esperando a la flota británica. Puras bravuconadas. Lo cierto es que los chicos enviados a pelear no contaban con lo mínimo para enfrentarlos. Era temor disfrazado de triunfalismo. Juan estaba en un cuartel de Buenos Aires, pero José y Claudio en Río Gallegos, a nada de la guerra y rezando cada noche.

Envuelta en dudas, la selección argentina arranca el desafío del Mundial de México en junio de 1986. Va mejorando con cada partido y nos prendemos al entusiasmo, necesitados como nunca de sentirnos mejores. Diego se había puesto la selección al hombro. Encontramos en quien creer, una dosis de verdad tras tantas mentiras.

A mediados de mayo, José y Claudio ya están en la isla, muertos de frío y hambre, con un fusil para cuatro soldados, una manta húmeda y un puñado de balas, a tres mil kilómetros, imagino a José dándole ánimos a Claudito: ‘Sabés las minas que vamos a levantar cuando contemos que estuvimos en la guerra’. Pero los veo solos, como al millar de pibes en esa planicie helada de existencia, apenas nos enterábamos en el mapa del colegio.

El destino nos coloca en cuartos de final frente al equipo de la corona que nos había sumergido en lágrimas cuatro años atrás. Ninguna victoria deportiva iba a compensar tantas muertes, pero necesitamos ganarles, ser mejores… ¡Celeste y blanca! ¡Vamos, Diego, vamos!

Mis hermanos de la vida están esperando el ataque inglés, apelando al talento intuitivo para reparar fusiles, racionalizar el agua y hacer que una comida para dos alcance para cuatro. La dictadura nos había mentido en 140 comunicados, desde la clara victoria argentina y la valiente resistencia para terminar con la rendición incondicional el 14 de junio de 1982.

Tres semanas después, José volvió a Río Gallegos, pero nada sabíamos de Claudito. Sus padres viajaron al sur en busca de la verdad y con el alma muerta.

El 22 de junio de 1986, Argentina sale a la cancha contra Inglaterra y Maradona pisa el gramado presintiendo el lugar que la historia iba a darle. Diego, el mago que va a improvisar dos genialidades para alcanzar la victoria y exorcizar cuatro años de dolor; Diego, llevándonos de la mano a todos, a mi viejo, a Juan, a José y a mí, en casa, frente al televisor y apretando la albiceleste con la 10 de Claudito.

La pelota boya el área de Inglaterra, en carambola dibujada por el destino va directo a la cabeza de Diego, Juancito en la noche reparando el fusil y Claudio consiguiendo comida. Diego piensa rapidísimo y sabe qué pasará en los siguientes tres segundos; salta y cien pibes más con él en ese pelotón de guerra, gambeteando las minas explosivas y repeliendo el avance inglés a puro coraje. Diego brinca, no hay forma de pararlo, improvisa en el momento, valentía criolla, Claudito de pie y corriendo hacia adelante con una granada y un fusil, disparando las últimas balas y con la garganta llena de argentinidad, la mano de Diego, la pelota a la gloria, la mano de Dios, Claudito cae, muere, José con sangre en las manos lo levanta y lo abraza…. Gooooooolll… Claudiooo... gooooooolll”.

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