Opinión

La dignidad y la vergüenza

Gustavo A. Olmedo B.

Desde el inicio del nuevo caso de secuestro en la zona de Bella Vista Norte de parte de los criminales y asesinos del EPP, y que tuvo como víctimas al joven Adelio Mendoza, de la parcialidad Paî Tavyterã, hoy ya liberado, y al político Óscar Denis Sánchez; nuestros hermanos indígenas nos vienen dando notables lecciones de dignidad, coraje, lealtad y sano realismo. Hoy está claro que es mucho lo que aún debemos aprender de ellos.

Al conocerse el caso, los integrantes de esta comunidad, con la solidaridad y el apoyo de sus pares de otras zonas, no dudaron en emplazar al grupo criminal y advertirles que irían “en busca de su hermano”, exponiendo valentía y un envidiable sentido de unidad comunitaria; algo que marca su identidad y los hace fuertes; el drama y la necesidad de uno, es el de todos.

Luego ingresaron al monte en compañía de efectivos de la FTC, quienes, si bien iban armados, pareciera que –según testimonios de nativos–, iban con más temor que ellos. Los indígenas –alrededor de 80– ingresaron sin armas, solo munidos “con la oración”, relata Leticia Valiente, esposa del nativo secuestrado hasta ese entonces. Se adentraron en el bosque arriesgando sus vidas, de seguro también con miedo, pero movidos por un bien mayor, salvar a su compañero, amigo, vecino, hermano de sangre, esposo. “Era morir o encontrarlo”, dijo Valiente al culminar la búsqueda.

Ahora que el joven Adelio fue liberado volvieron a reafirmar que seguirán apoyando la búsqueda de Óscar Denis, porque este “nunca nos abandonó”, expresaron. “Que no piensen que porque recuperamos a Adelio vamos a dejarlos olvidados a la familia Denis”, enfatizó Digna Murilla, líder de la parcialidad Paî Tavyterã. Un signo de lealtad y conciencia de la necesidad del otro, incluso de ese que no pertenece a la misma sangre; virtudes a veces ya olvidadas en nuestro universo urbano y occidental.

A todo esto, imposible no agregar esa postura de dignidad y respeto con ellos mismos y con las víctimas, al rechazar los víveres distribuidos por la familia Denis Sánchez como imposición de los criminales. No desean fruto de la extorsión, el chantaje y la sangre, manifestaron.

Es así que unas 75 comunidades indígenas del Bajo Chaco, que sufren necesidades y abandono estatal, sin embargo, no aceptaron los víveres, al igual que grupos campesinos y de nativos de la comunidad de Arroyito, Departamento de Concepción. “Nosotros no queremos víveres, queremos liberación de los secuestrados…”, afirmó Remigio Romero, de la Coordinadora de Líderes Indígenas del Bajo Chaco.

Vergüenza. Y ante estos ejemplos, se contrapone la vergüenza que significa el grupo criminal autodenominado EPP. Jóvenes, adultos y hasta niños que han sido destruidos mentalmente por una ideología marxista radical, que justifica todo accionar, volviéndolos casi monstruos; fríos asesinos capaces de matar al pobre en nombre del pobre, de sacar la libertad en nombre de ella; de colocar una ametralladora en manos de una niña de 11 años, de pisotear la dignidad humana y luego llenarse la boca de camaradería. Son grupos que crecieron gracias al abono de la pobreza, las injusticias, la ignorancia y el debilitamiento de la familia en nuestra sociedad. Es hora de rechazar también toda complicidad política, social y mediática con este tipo de prácticas y grupos; porque muchos todavía siguen justificándolos, con tal de ser tildados de progresistas frente a la opinión pública.

Por un lado, nos queda aprender de estos hermanos nativos, porque no es poca cosa rechazar un plato de comida, por dignidad, cuando hay hambre. Y por otro, asumir la emergencia educativa actual. Porque además de la atención a las necesidades básicas, urge retomar, en especial entre jóvenes, la educación sobre el valor del trabajo y esfuerzo, así como el respeto a la dignidad y la vida de todo ser humano; sea rico o pobre, peón de estancia o político retirado.

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