Editorial

La demora en pagar subsidios también pone en riesgo la vida

La excesiva demora en pagar los subsidios previstos ante la cuarentena por la pandemia del coronavirus empieza a angustiar a muchas familias humildes que quedaron sin trabajo y sin fuentes de ingreso. No hay que perder de vista que cada día que pasa es un día en que muchos no tienen qué comer. Para el Estado y las autoridades políticas, los pobres solamente eran relevantes a la hora de contar con sus votos en las elecciones, pero no para preocuparse del sustento. Se gastaron millones en el registro electoral, pero hoy no pueden precisar dónde están los más pobres. Es una de las prioridades a tener en cuenta entre las muchas transformaciones que urge realizar a partir de la actual emergencia.

Resulta lamentable que a casi un mes de haberse iniciado el paro sanitario y la cuarentena ante la amenaza del Covid-19, que ha privado a miles de trabajadores y familias humildes de sus medios de ocupación y fuentes de ingreso, las autoridades de la Secretaría de Emergencia Nacional (SEN) y las otras instancias encargadas solo hayan podido proceder a pagar una mínima parte del subsidio alimentario del programa Ñangareko, mientras el ministro de Hacienda, Benigno López, sostiene que los subsidios estatales a los trabajadores informales, así como la ayuda monetaria a cotizantes del IPS cesados o suspendidos, recién se empezarían a entregar después de la Semana Santa.

Probablemente existan explicaciones lógicas para la tardanza, como la necesidad de depurar registros e instalar sistemas de control, pero no se puede perder tanto tiempo cuando el estómago vacío y la necesidad resultan apremiantes.

La gente que no tiene que comer ya no puede esperar.

En varias comunidades y barrios humildes de los pueblos y ciudades ya se están realizando manifestaciones en las calles, incluso violando la cuarentena y exponiéndose al peligro de contagio, para dar a conocer la situación crítica en que se encuentran muchos compatriotas.

Precisamente, uno de los episodios que mucho se cuestionan en este proceso, el de las personas que desobedecen las medidas de aislamiento social, es porque no tienen más alternativas que salir a buscar el sustento.

Exceptuando a los muchos inconscientes e irresponsables que en estos días han salido en caravana a las calles y a las rutas del país, buscando pasar la Semana Santa de la mejor manera posible en localidades del interior, también son muchas las personas que han debido salir de sus casas por necesidad, en busca de poder cumplir algún trabajo para ganar algún dinero, porque ya no tienen recursos y la prometida ayuda estatal nunca llega.

Es cuestionable la excesiva burocracia y demora estatal en momentos en que cada hora que corre es vital y se expone a mucha gente a la disyuntiva a exponerse a morir contagiada de coronavirus o morir de hambre.

Si no fuera por las muchas campañas de solidaridad de pobladores y vecinos con más recursos, empresas privadas y ciudadanos sensibles, que realizan cruzadas de donación de víveres y ollas populares, muchos pobres estarían ya en la inanición.

No puede ser que el Gobierno central, las gobernaciones y los municipios no tengan un padrón actualizado de sus habitantes. La falta de datos estadísticos de la población tiene que ver con la desidia de tantos años.

Para el Estado y las autoridades políticas, los pobres solamente eran relevantes a la hora de contar con sus votos en las elecciones, pero no para preocuparse del sustento. Se gastaron millones de guaraníes en confeccionar y mantener al día el registro electoral, pero hoy las autoridades no pueden precisar en dónde están los más pobres.

Es una de las prioridades a tener en cuenta entre las muchas transformaciones que urge realizar a partir de la actual emergencia.

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