Opinión

La bandera o la chirola

Luis Bareiro – @Luisbareiro

Nunca antes el Ministerio de Educación tuvo los recursos necesarios ni la oportunidad para hacer una revolución en el modelo educativo como hoy. El MEC cuenta con más de 160 millones de dólares depositados en la Agencia Financiera de Desarrollo (AFD) para financiar la aplicación de tecnología en las aulas y la formación de nuevos maestros. Y los alumnos no volverán a las aulas hasta diciembre. Son ocho meses y un montón de dinero como para poner patas arriba un sistema obsoleto y fracasado. ¿Podrá hacerlo?

Definitivamente, no. No con el equipo que hoy administra esa cartera y con las ideas mediocres que pretenden llevar adelante. Hay un axioma imperecedero: si hacemos las cosas de la misma manera y con la misma gente es imposible tener resultados distintos.

Fíjense en las diferencias. El Ministerio de Salud convocó a los mejores infectólogos y epidemiólogos del país para contrastar con ellos sus propias ideas sobre las medidas de prevención y mitigación de la pandemia que deberían adoptarse. En consecuencia, hay un relativo consenso sobre lo que se está haciendo, y los resultados están a la vista. Hasta ahora mantenemos bajo control la velocidad de contagio de la enfermedad.

Hacienda citó a todos los ex ministros, economistas y representantes de diferentes sectores de la producción para discutir su proyecto de emergencia económica. El relativo consenso permitió que la ley tuviera una aprobación récord en el Congreso, y su aplicación –aunque con muchos atrasos y complicaciones– se ha convertido en el único paliativo para la ausencia total de redes públicas de contención social.

En Educación, por el contrario, convocaron a nadie. Académicos, pedagogos, expertos en educación a distancia, maestros, directores de colegios, alumnos, tecno-educadores, genios de la informática, padres de familia, realizadores audiovisuales. Todos fueron ninguneados con la arrogancia típica de un ministerio –y de un ministro– que cree poder generar un producto distinto en un par de semanas y con la misma gente, un ministerio que arroja los peores resultados en materia de calidad educativa, y que demuestra nula capacidad incluso para ejecutar proyectos con financiación garantizada.

Hoy están como locos queriendo improvisar el uso de tecnología para clases virtuales. Gracias a la ley que creó el fondo para la excelencia de la educación, el MEC tiene a su disposición 118 millones de dólares para la aplicación de tecnología en las aulas. De todo ese dinero, apenas ejecutó un 20%, recursos que usó para conectar a internet a unas 1.700 instituciones.

Podríamos considerar esto un avance, pero resulta que, de esas 1.700 entidades educativas, solo 200 recibieron un carrito móvil con 20 laptops. Con ese equipo minúsculo, cada grado recibe dos horas de clase por semana. Toda esa inversión, para dos horas de clase por semana, en las que cada alumno, con suerte, puede tocar una computadora por cinco minutos.

Y la cosa se pone peor. Ni los maestros ni los alumnos saben muy bien qué hacer con la conectividad ni con los dispositivos, porque hasta ahora apenas 3.900 maestros recibieron cursos teóricos para el uso de esa tecnología. Fueron 40 horas sin el uso de un solo dispositivo. Es como querer aprender a tocar el piano leyendo un PDF en el teléfono.

A eso se suma que la conectividad se limita, por lo general, a la oficina de la dirección. En las aulas no llega la señal de wifi. La educación para el futuro de los niños (los de las 200 escuelas privilegiadas) consiste en ver un dispositivo.

Este es el mismo ministerio que pretende sacar de la galera un modelo de educación por internet y televisión, sin contar con un solo realizador para esas plataformas. Es el ministerio que supone que un maestro rural, cargado de la mejor buena voluntad del mundo, descubrirá místicamente cómo se construye un audiovisual que provoque el fenómeno de la trasmisión del conocimiento, munido apenas con su teléfono móvil.

El presidente Abdo insiste hasta el cansancio en que la bandera principal de su gobierno es la educación. Hoy tiene una oportunidad irrepetible y recursos como para probarlo. Solo necesita abrir ese ministerio obsoleto a ideas y gente nueva. Y cambiar de abanderado. O terminará haciendo piruetas con la chirola buscando justificar otro fracaso.

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