Nunca falta la alegría en el transcurso del año litúrgico, porque todo él está relacionado, de un modo u otro, con la solemnidad pascual, pero es en estos días cuando este gozo se pone especialmente de manifiesto.
En la Muerte y Resurrección de Cristo hemos sido rescatados del pecado, del poder del demonio y de la muerte eterna. La Pascua nos recuerda nuestro nacimiento sobrenatural en el Bautismo, donde fuimos constituidos hijos de Dios, y es figura y prenda de nuestra propia resurrección.
Si alguna vez tuviéramos la desgracia de apartarnos de Dios, nos acordaríamos del hijo pródigo, y con la ayuda del Señor volveríamos de nuevo a Dios con el corazón arrepentido. En el Cielo habría ese día una gran fiesta, y también en nuestra alma. Esto es lo que ocurre todos los días en pequeñas cosas. Así, con muchos actos de contrición, el alma está habitualmente con paz y serenidad.
Debemos fomentar siempre la alegría y el optimismo y rechazar la tristeza, que es estéril y deja el alma a merced de muchas tentaciones. Cuando se está alegre, se es estímulo para los demás; la tristeza, en cambio, oscurece el ambiente y hace daño.
En el mensaje Urbi et orbi del papa Francisco tras la Misa de Pascua 2013, dijo: “Es una gran alegría para mí poderos dar este anuncio: ¡Cristo ha resucitado! Quisiera que llegara a todas las casas, a todas las familias, especialmente donde hay más sufrimiento: a los hospitales, a las cárceles…
Quisiera que llegara sobre todo al corazón de cada uno, porque es ahí donde Dios quiere sembrar esta Buena Nueva: ¡Jesús ha resucitado, hay esperanza para ti, ya no estás bajo el dominio del pecado, del mal! ¡Ha vencido el amor, ha vencido la misericordia! ¡La misericordia de Dios vence siempre!”.
(Frases extractadas del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal y http://www.revistaecclesia.com/mensaje-urbi-et-orbi-del-papa-francisco-tras-la-misa-de-pascua-2013/).