Opinión

Joselo y el pequeño Nicolás

Alfredo Boccia Paz - galiboc@tigo.com.py

Días atrás un amigo me comentaba que las andanzas del precoz Joselo Rodríguez le recordaban al escándalo suscitado en España hace cinco años con el caso del pequeño Nicolás. Ese fue el nombre dado por la prensa al estudiante Francisco Nicolás Gómez, de veinte años de edad, que había fabulado una vida llena de influencias y se hacía pasar por agente del Centro Nacional de Inteligencia.

Pese a su aspecto aniñado, había logrado infiltrarse en las máximas esferas del poder y mantenía increíbles contactos con el mundo político y empresarial español. Se movía en coches de alta gama, incluso con chofer y escolta, para dar verosimilitud a su historia. El pequeño Nicolás logró ser invitado al besamanos celebrado en el Palacio Real tras la proclamación de Felipe VI como rey. Por supuesto, estas fotos eran exhibidas en su perfil de Facebook como credencial de credibilidad.

Decía ser asesor de la vicepresidente del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría. Y, aunque nadie sabía de dónde había salido ni de quién era amigo aquel jovencito impecablemente vestido que se movía como pez en el agua en los actos públicos oficiales, la mayoría lo respetaba por si fuera cierto lo que contaba.

A propuesta del citado amigo, me dispuse a comparar ambos casos. Lo del pequeño Nicolás es fascinante, pero distinto a lo de Joselo. Comparten la peculiaridad de que siendo tan jóvenes hayan podido acceder a tan altos niveles del poder. Ambos tenían la palabra fácil y se presentaban como emisarios de la vicepresidencia. Ambos utilizaban con maestría el WhatsApp para influenciar en decisiones políticas y financieras.

Pero allí terminan las semejanzas. El pequeño Nicolás era un embaucador habilidoso que se hacía pasar por alguien que no era, mientras que Joselo estaba investido de una representación auténtica. Nunca hubiera podido participar de ninguna negociación si no tuviera una autorización.

El pequeño Nicolás engañaba a una corte de crédulos para sacar ventajas personales y hacer pequeñas estafas. Los siquiatras le diagnosticaron una florida ideación delirante de tipo megalomaníaco. Joselo, en cambio, no padece trastornos mentales ni está en el chiquitaje. Hablaba y escribía en nombre del vicepresidente Hugo Velázquez y operaba en favor de la empresa brasileña Leros, que pretendía la compra exclusiva de excedentes de energía de Itaipú.

Joselo jamás llegaría a tener voz propia en el exclusivo círculo que negocia nuestra soberanía energética sin haber sido introducido allí por el propio Velázquez. No se trata de una usurpación de personalidad como lo hizo el pequeño Nicolás. La legitimidad de Joselo es tan indiscutible como la irresponsabilidad de este Gobierno. El pequeño Nicolás era un impostor que logró engañar a la seguridad estatal española. Joselo era un representante verdadero de una rosca de funcionarios dispuestos a lucrar con una causa nacional.

Hay una diferencia más entre ambos casos. El pequeño Nicolás fue detenido y procesado por estafa y falsedad documental. Sus líos judiciales siguen hasta la actualidad. A Joselo no le pasará nada. A quienes lo convirtieron en celebridad a costa de los intereses paraguayos, probablemente tampoco. Eso es lo malo del opareí: Deprime. Y solo se evita cuando se escucha el rugido de los comunes.

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