Opinión

Invasión zombi

Luis Bareiro Por Luis Bareiro

Es un clásico. Nada puede competir con la capacidad transformadora de una invasión zombi. Los más abyectos personajes son capaces de redimirse ante sus congéneres defendiéndolos de ese batallón de muertos vivos. En contrapartida, cualquier integrante de la comunidad, no importa cuánta empatía haya generado a lo largo de su vida, puede ser blanco de sospechas, de haberse contagiado del virus y terminar ajusticiado por una colectividad devenida en horda. La clave es el miedo.

Esto lo saben y usan ejemplarmente los literatos, los productores de cines y los estrategas políticos; y ninguno lo hace con más espectacularidad y pasión que estos últimos. No hay fórmula más exitosa para una administración en crisis, para una dictadura o para una organización política sacudida por escándalos de corrupción y sus vínculos delictivos que sacarse de la galera a un enemigo mayor, uno que provoque tales niveles de terror que genere una amnesia colectiva, el conveniente olvido de pecados reales y vigentes ante la perspectiva de un peligro superior.

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Hay que reconocer que los asesores pagados por el contrabando de cigarrillos le dieron en la tecla; encontraron al enemigo perfecto para ocultar bajo una nueva cruzada santa la ristra interminable de trapisondas de sus principales líderes; descubrieron nuestra propia invasión zombi. Lo irónico del caso es que el presunto virus antropofágico proviene de sus propias carpas; el tardío proyecto de transformación educativa del gobierno colorado.

El escuadrón de torpes, liderado acertadamente por el presidente Abdo, presentó casi al final de su agónico mandato un borrador de reforma que se convirtió en la piedra filosofal zombi, la causa necesaria para que miembros de clanes investigados por robarse la merienda y las computadoras de los niños, diputados imputados por narcotráfico o demandados por prestación alimentaria y una larga lista de pillos consuetudinarios se erigieran en los adalides de la infancia paraguaya, apuntalados por una minoría de cobardes que se llenan la boca diciendo cuánto quieren a la patria, pero que no tuvieron empacho en torcer el espinazo ante el lobby fundamentalista.

Es una jugada de pizarrón. A días de las elecciones, el debate no es sobre el avance del crimen organizado y sus vínculos con la política, ni sobre los líderes republicanos acusados de significativamente corruptos o sobre el ministro de Corte sospechado de tráfico de influencias. No es sobre nuestra condición de centro internacional del lavado en que nos convirtieron los accionistas del partido, ni sobre el desmadre presupuestario o el fracaso absoluto de la educación y la salud públicas o la inseguridad en las calles o la impunidad garantizada por una Justicia bajo control político. No, el debate es la invasión zombi; los muertos vivos provenientes de Europa que se comerán el cerebro de nuestros niños.

Como campaña electoral es notablemente exitosa porque incluso quienes pretenden desmontarla terminan siendo funcionales a ella. Se convierten en las figuras reales que prueban la existencia de la amenaza. Pasan a ser el blanco necesario para traducir el miedo en odio. Se puede temer a lo desconocido, pero para odiar hay que darle nombre y apellido.

Las pasiones hacen el resto. Es la ventaja de usar el miedo como combustible. Arde fácilmente, se expande a una velocidad vertiginosa y anula cualquier posibilidad de razonamiento. Convierte a una colectividad en hordas, a ciudadanos en soldados de una causa.

Los problemas vienen después. Quienes queden en pie tras la contienda deberán lidiar con esas mismas hordas e intentar convencerlas de que los zombis no existen… o que ya se fueron. Y correrán el riesgo de ser acusados de zombies y terminar apedreados por los hijos de su propia campaña.

Felizmente, este tipo de estrategias tiene un defecto insalvable: el tiempo. Lo dicho; se puede mentir a muchos por un tiempo, a pocos por mucho tiempo, pero nunca a todos todo el tiempo.

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