Opinión

In memoriam

Luis Bareiro Por Luis Bareiro

Eran cerca de las tres de la mañana cuando tocaron el timbre. Me levanté con las marcas del colchón en la cara y abrí la puerta. Era Rubén, notablemente sobrio para ser una madrugada de sábado. Parecía incómodo. Se estiró el pelo a lo Luis Miguel y me dijo hablando casi entre dientes.

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–Llamaron a casa. Parece que tu papá no está bien.

Agotábamos el último lustro del siglo XX. Los celulares eran una rareza. Mi último teléfono había sido el de la casa que alquilábamos en el barrio Sajonia cuatro jóvenes aprendices de periodista. Desde que nos mudamos hacía unos meses habíamos perdido contacto con Rubén, el único que se quedó allí.

–Vamos, te llevo –me dijo.

Subí como un zombi a su camioneta Lada que esta vez arrancó de una como si entendiera la gravedad de la situación. Mi familia vivía por entonces en Loma Pytá, al otro lado de la ciudad. Era un camino largo. Pasaron como diez minutos antes de que me atreviera a preguntarle qué pasó. Me dijo que papá sufrió un infarto y que estaba delicado. Nunca supo mentir, aunque por su debilidad con las mujeres practicara a menudo.

–Rubén, el viejo está muerto, ¿verdad?

Asintió con la cabeza. Yo me hundí en el asiento. Tenía 23 años, pero por un momento volví a ser el niño que veía a su padre como un ser todopoderoso e inmortal. La magia se borró de golpe y me dejó en el pecho un hueco del tamaño del mundo.

–¿Cuántos años tenía? –me preguntó.

Acababa de cumplir 53 –respondí, intentando contener el llanto. Entonces me puso una mano en el hombro y me dijo que no era una mala edad para morir. Lo miré desconcertado.

–Por lo que solías contar –explicó– tu viejo siempre fue un hombre apasionado, un sibarita de la vida. Nosotros no sabemos envejecer, hermano. Es mejor irse así.

Notablemente, esa reflexión que podría sonar hasta fuera de lugar me calmó. Era cierto. Papá no sabría envejecer. Llegamos a casa. Mi familia se deshacía en llanto. Rubén se quedó ahí, a un costado, buscando no llamar la atención. Después me acompañó para hacer los engorrosos trámites del sepelio y no se marchó hasta pasado el mediodía. Creo que con tanta conmoción ni siquiera atiné a darle las gracias. Él, sin embargo, jamás volvió a mencionar aquella madrugada.

Esa fue mi experiencia más personal con Rubén y con uno de sus rasgos más notables, el de la solidaridad espontánea. Por lo demás, era como la mayoría –o debo decir la minoría– de los periodistas con tinta en las venas y una pluma excepcional. Como efecto colateral e inevitable de su intensa vida nocturna podía faltar al diario varias veces en la semana, pretextando la extracción de una muela –deducimos que tenía más dientes que un tiburón–, pero lo compensaba sacando de la galera artículos impecables como su serie sobre las coimas en Ciudad del Este, o una crónica sobre la suprema soledad de Roa Bastos en la madrugada de su sepelio, un relato a la altura del talento inconmensurable del premio Cervantes.

Bohemio, enamoradizo, amante de los excesos y profundamente humano. Cargaba contra todos los molinos de viento a la vez sin considerar el epílogo, lo importante era vivir esa nueva desventura. Algunos considerarán que los altibajos de su carrera suponen un desperdicio de talento. Otros dirán que su legado no está escrito en el papel sino en las vidas que vivió; la del periodista crítico, la del cultor de la buena música, el vino y la cerveza, la del bribón de amores inconfesables.

Mario Rubén Velázquez falleció el viernes a los 53 años. Se lo llevó el Covid. Lo evoco hoy porque su partida nos recuerda que detrás de los números fríos de la pandemia hay personas, y que la pérdida de cada una de ellas es irreparable. Igual, quiero creer que tenías razón, Rubén, que sencillamente hay gente como vos que no está hecha para envejecer.

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