Supongo que no fue Chávez, convertido en pajarito, el que se posó en su hombro para legarle como gracia divina la ambición política. Supongo que no fue el Centauro de Ybycuí el que se le apareció en sueños, rodeado de un coro de querubines republicanos, para rogarle que haga retornar al Partido Colorado al poder. Supongo que no fue Fahd Yamil que, en honor a su antigua cercanía, le imploró que ayude a los paraguayos a vencer la pobreza, como ellos lo consiguieron.
¿Qué le impulsa a un empresario multimillonario como Horacio Cartes a poner en riesgo su exitoso grupo comercial para aventurarse en el fangoso e impredecible sendero político? ¿Qué le impulsa a una persona con ninguna militancia política conocida (más allá de la deportiva), y con poco o escaso interés en actos electivos anteriores a presentarse como candidato a la presidencia de la República? ¿Qué le obliga a un recién afiliado a forzar las reglas de su partido para postularse, con una urgencia que da como mínimo qué pensar, al máximo cargo ejecutivo del país? ¿Cuál es la razón de ese deseo desenfrenado de acceder a la jefatura política del país? ¿No era suficiente una ubicación privilegiada en la lista del Senado? ¿Había que ser presidente, sí o sí?
Es un arrebato de sensibilidad social, una imperiosa necesidad de devolver un poco de todo de lo que obtuvo de este país. Es una conversión seráfica para borrar con buenas acciones todo un pasado construido a espalda del sistema político democrático. Es un sacrificio personal para convertir a Paraguay en un país del Primer Mundo. Parece poco probable.
Es el poder por el poder. Se cansó de repartir dinero para solventar la carrera de políticos costosos, insaciables y, para colmo, traicioneros. Se hartó de poner los huevos en las distintas canastas políticas para arriesgar en una sola canasta: la suya. Quizás.
Necesita blanquear una fortuna que arrastra -para decir lo mínimo- taras de nacimiento. Quiere lavar definitivamente su nombre con algo más ambicioso que los triunfos deportivos. No sé.
El problema con Cartes no es que sea intrínsecamente malo o bueno. Tampoco es que las otras ofertas políticas sean infinitamente mejores que la suya. El problema con él es que es una incógnita política que jamás se preocupó en dilucidar. El problema es que parece otro recurso extremo de los colorados, con la única diferencia de que esta vez, con sus Pato Donald insolventes, optaron por Tío Rico.