El Gobierno se teme a sí mismo. Esta es la razón única que puede explicar la impudicia desde el poder para buscar construir un estado sicológico de miedo tomando como argumento el fantasma de la desestabilización y como chivo expiatorio, la huelga general convocada para el próximo 26 de marzo por las centrales sindicales del país.
Los viejos manuales de táctica y estrategia hablan de lo que los “actualizados” asesores de Cartes le presentan a cambio de jugoso salario público como un escenario de convulsión con peligrosos enemigos conspirando en los sindicatos y la amenaza de un estado de conmoción que peligrará su gobierno.
En esta tarea por configurar un estado paranoico en el Ejecutivo que no necesita mucho la colaboración de referentes y políticos del Partido Colorado es sintomática. Los viejos argumentos de la guerra fría son libreto oportuno para recordar viejas nostalgias y únicos líderes.
En realidad, el temor de fondo es que la popularidad en picada o, la creciente impopularidad de Cartes llegue a estado crítico. El país no despega, porque no tiene cómo. La inflación sube y la expectativa de mejor condición de vida llega al sótano de la pobreza, con un horizonte carente de trabajo real, estable y rentable. Ni hablamos de la rápida descomposición de la calidad democrática ni de la concentración de poder en un Gobierno que ofrece al país en bagatela, sin respetar normas esenciales mínimas.
No extraña que en esta cruzada, la “boca” de torpedo sea el ministro De Vargas, quien se juega el puesto. La disposición de militarizar las calles y sacar policías de modo inusitado el día de la huelga, cuando no existe un peligro real, es muestra clara del desquiciamiento presidencial y su primer anillo.
Lo mismo pasa en la cúpula partidaria que azuza vientos de guerra sobre una hipótesis de conflicto que en realidad se origina y recrea en los propios círculos del poder y no en los gremios obreros. El propio De Vargas asume que los datos de inteligencia no son del todo confiables, pero el plan de desatar histeria y miedo colectivo está en marcha.
La huelga es un derecho constitucional. Cartes no logra desactivarla por el diálogo y recurre a cierto terrorismo estatal para restarle fuerza, mientras el Partido Colorado amedrenta al funcionariado. Lo que no advierten es que con tal irresponsabilidad, la jauría de sus propias filas es la que terminará desencadenando el terror y la violencia.
Quizás sea sano para el proceso que haya una huelga general y que entonces las partes se sienten a negociar.
Tal vez sea cierto lo que decía el eslogan de la primera huelga general de la transición: Pare, para que el país avance.