21 abr. 2026

Forros

Por Arnaldo Alegre

Belcebú se disfrazó de comadrona y lanzó al oído de un calenturiento poseso que use tripa animal para evitar que la lascivia lo deje hecho pelotas. Y así nació el condón.

Fue en la oscuridad de los tiempos. Como las enfermedades íntimas provocaban más temor que la condena eterna, el protector de los amantes miedosos fue perfeccionándose hasta acabar, alentado más por el capital que por el pecado, en el baño de hombres de un shopping paraguayo. Y allí estalló el apocalipsis.

Los detractores se hincaron de rodillas, alzaron sus pías miradas al cielo y con la voz quejumbrosa clamaron: “Y si ven mis hijos y me preguntan qué es...”.

Siendo menos píos, uno piensa que sería más conveniente decirle al curioso vástago “no es asunto tuyo”, “no tenés edad para entender el tema” o “es un chicle... no rompas”. También “es una medida profiláctica para evitar la propagación de las ETS y los embarazos precoces”. No te va a entender un pomo y quedás como un padre moderno.

Además tampoco se va a morir por saber, no es una clase de educación sexual hecha por la Cicciolina. Es un sobrecito que le va a dar más ganas de una hamburguesa con ketchup antes que salir de partusa con sus amigos del kinder.

Lo malo de las preguntas es que pueden derivar en cualquier cosa, por eso todos los autoritarios se mueren por prohibirlas y evitan toda situación que las provoquen. Sean condones, la verdad o cualquier otra tontería. Pero no es culpa de las preguntas, es culpa de las respuestas insensatas.

Se imaginan si la curiosidad del niño va por caminos pecaminosos, agotando todos los extremos ideológicos, del tipo: “Los sacerdotes que abusan de los niños son más pecadores si los usan” o “Lugo los usaba cuando era obispo”.

O peor con el helado a medio comer, el querubín puede lanzar: “Papá, ese pio es el sobrecito que tenés en tu billetera desde hace mucho”.

El sexo es una de las más hermosas expresiones de la fisiología y la moral humanas. Cuando la intimidad y el amor confluyen se respira, como dice el poeta, que “el ancho viento que por encima de la carne respira”. Pero tampoco se puede demonizar el erotismo. La educación es la mejor arma para todo, incluso la sexualidad. Atizar el temor solo sirve para reforzar la ignorancia, y la ignorancia mata.

No es revitalizar la moral pensar que hay otra distinta a la establecida. El amor es una búsqueda de todos, no solo de los que se sienten salvos.