El verano es un tiempo de descanso, aunque en el caso nuestro esa estación sea el estado de ánimo y de vida de todo el año. La feria refleja el momento del ocio, de la diversión y del descanso.
Los españoles, muy dados a la celebración, nos llenaron de momentos de este tipo y la administradora de justicia paraguaya heredó la denominación de feria judicial en el mes de enero, cuando su funcionamiento se reduce a su mínima expresión. Tanto, que la orden de detención de Fernández Lippmann no se ejecutó en tiempo ni modo y solo el imputado se entregó por presión de la prensa.
Los jueces se quejan de la cantidad de expedientes sin resolver que tienen, pero jamás renunciarán a la feria porque es un “derecho adquirido”, cuya robustez es más dura que la piedra negra.
Queremos justicia, pero ella está de feria y cuando no, le teme a sus verdugos y patrocinadores, tanto que nos ponen de vacaciones a sus mandantes que pagando impuestos les cubrimos el salario. La Justicia paraguaya no puede tener feria y esta rémora del pasado tiene que acabar. En los países más justos del planeta, esto de dejar a la Justicia trabajando en un porcentaje mínimo no es de recibo. Ya no se discute su racionalidad. Si los jueces –como cualquier otro funcionario– deben ir de vacaciones lo van agendando de forma tal que no afecte al sistema en su conjunto.
En España –que tiene más turistas que habitantes durante el año– las ferias son un negocio. Se las calendariza para promover vacaciones que dejan pingües beneficios a su principal fuente de ingresos: el turismo. Claro, la Justicia en ese país tampoco funciona bien y el costo administrativo del Estado ibérico es cuatro veces superior al de Alemania, donde no hay ferias ni tantos días de descanso.
Cuando las cosas van mal, los europeos recurren a los teutones que son los únicos que tienen pocas ferias.
Alguno dirá que tenemos derecho al descanso, cosa que no se discute, solo que no hay derecho a que paremos la Justicia por tanto tiempo en un país extraordinariamente injusto e inequitativo. Siempre me llamó la atención el porqué rechazamos tanto aquello que tanto necesitamos. La respuesta es sencilla: somos una sociedad adolescente y nada es más evidente de esa condición que la manera como organizamos nuestra vida y el Estado, en particular.
En este país pobre y enfermo nos cuesta millones formar a nuestros médicos para que terminen como políticos.
Solo un país enfermo tiene tantos galenos metidos en la política. En las sociedades prósperas y desarrolladas, ellos hacen su tarea de curar a los enfermos en hospitales o avanzan las fronteras del conocimiento en laboratorios. Aquí... hasta a presidentes llegaron.
Un país enfermo de injusticia requiere más dedicación, esfuerzo y compromiso. Menos diversión, ferias, descansos, joda y ocupación en tareas para las cuales fueron formados; todo eso sería un excelente comienzo para acabar con el país de las eternas ferias, vacaciones, enfermos e injusticia.