06 abr. 2026

Esperando un gran pacto nacional

Existen temas de la realidad política, económica y social del Paraguay que son acuciantes, cruciales, determinantes a la hora de encarar el verdadero desarrollo que todos anhelamos para nuestro país; el salto que precisamos dar para insertarnos de una vez por todas en las grandes avenidas de la modernidad.

Esas cuestiones no son muy numerosas, pero sí de enorme gravitación para el presente y el futuro de la República. Entre ellas se destacan la democracia, la política económica, la seguridad, la educación, el empleo y, con particular énfasis, la reforma agraria, tema acerca del cual mucho se ha hablado en estos 25 años de apertura política, pero tan poco parece haberse avanzado.

Los problemas inherentes a la distribución de la tierra, la tenencia de ella, el catastro, por no mencionar algunos de los más polémicos, son severos en el Paraguay, y representan incluso un escollo para la gobernabilidad democrática. Es una bomba de tiempo siempre a punto de estallar en las manos del Gobierno, cualquiera sea su pertenencia ideológica o partidaria.

Estos asuntos trascienden las fronteras partidarias, forman parte de la agenda nacional y como tal deben y merecen ser encarados, particularmente, por la clase política. Ella debería asumir que parte importante de los problemas afrontados por Wasmosy fueron sobrellevados por Duarte Frutos, Lugo y ahora Cartes. También serán heredados por su sucesor.

¿Por qué entonces no reclamarles a los dirigentes paraguayos que se pongan de acuerdo en cuatro o cinco temas claves de la vida pública, y generen un gran pacto nacional en el que quede definitivamente sellado un consenso amplio sobre las grandes políticas que se impulsarán para superar problemas atávicos de nuestra realidad?

Si nuestra clase política fuera un poco más madura, si estuviera más enfocada en la atención de las grandes causas nacionales y menos en el chiquitaje electoral y en el cálculo sectario, hace rato hubiera promovido la iniciativa de producir un acuerdo amplio que incluya a todos los partidos, al estilo del que Adolfo Suárez propició en 1977, en España, con los Pactos de la Moncloa.

A juzgar por los hechos protagonizados por nuestros políticos, seguiremos esperando la adopción de una iniciativa similar a aquel gran compromiso que le reportó España décadas de estabilidad democrática y crecimiento económico. Lo que sin lugar a dudas no esperará será la agudización de los problemas sociales, nunca sistemáticamente abordados por quienes han tenido y tienen la responsabilidad de gobernarnos.