Opinión

¿Espacio verde o vertedero?

Darío Lugo Por Darío Lugo

Se va alejando en el tiempo el fervor por las recientes elecciones municipales, donde casi todos los candidatos mostraban “honda preocupación” por recuperar los casi aniquilados espacios verdes capitalinos, que más se asemejan ahora a campos minados, territorios de nadie, improvisados asentamientos humanos, abandonados y sucios.

Los parques, plazas y espacios públicos donde hay mínima infraestructura con árboles que sirven de pulmón ante el esmog citadino y los efectos del cambio climático, pasaron ya a ser polos de ocupación irregular, de rapiña o pequeños vertederos, con casi nula intervención comunal para limpieza o corrección de esa lamentable derivación social.

Para ejemplos, tenemos muchos casos: El Parque Caballero, que en otras décadas era el orgullo verde con pileta olímpica y espacios maravillosos; las plazas frente al Cabildo, sitios de emergencia donde se yerguen viviendas ultraprecarias sin servicios básicos; las cuatro plazas del microcentro –cerca del Hotel Guaraní– casi a oscuras y sin muchos cuidados; forman parte del paisaje de cotidiana amargura.

En el arranque de la nueva administración municipal capitalina, la urgencia y las prioridades se centraron en tomar nuevas deudas para abonar el salario de la sobreabultada nómina de funcionarios, muchos de ellos sin función específica y resultado de los favores políticos, es decir la contrapartida del trabajo preelectoral para conseguir más adherentes; o bien funcionarios atornillados a su cargo a su jugoso ingreso.

Con el fin de mantener a la rosca que ya actúa como mafia en el marco de una institución como la Municipalidad asuncena, se abandonan las funciones primordiales dentro de las que la conservación de los espacios ciudadanos (en este caso, los de verdor y que oxigenan la ciudad) deben contar con la inversión necesaria, que transforme la imagen deplorable de basuras apiladas, poca luz y seguridad, juegos deteriorados, etc., a lugares para el sano esparcimiento.

¿Qué le queda a la familia que en verano no podrá disfrutar siquiera del arroyo más cercano, porque su presupuesto no alcanza? ¿O a los que urgen alejarse momentáneamente del ruido y del asfalto, paseando en bici o simplemente aspirando algo de aire no contaminado? ¿Se trazan políticas para atender a esa ciudadanía ávida de relajarse en espacios verdosos?

Ciertamente, se han hecho ya muchas denuncias, reclamos, intentos de concienciación, para que autoridades y ciudadanía aporten (cada cual con su responsabilidad) a la conservación o restauración de plazas y parques. Alguna respuesta se tradujo hace tiempo con el enrejamiento de ciertos espacios, tratando de evitar la rapiña y el mal uso de esos lugares, pero que no hablan bien de la civilidad que debe expresar el ciudadano común.

Y otra acción casi no se contempla, a no ser esporádicos “parches”, sin un trabajo a mediano y largo plazo para devolver a la gente ese ecosistema, sinónimo de salud física, pero también emocional, en tiempos es que se precisan más alternativas a la hora de compensar los tributos pagados al Municipio.

Depende mucho de los habitantes ese control más estricto que se haga de los recursos manejados, y adónde van a parar, porque la percepción (y la seguridad muchas veces) es que lo verdaderamente importante es dejado de lado, para alimentar la clientela de ineficaces que pueblan el edificio municipal sin responsabilidades precisas. Solo una participación más activa de la gente en las políticas públicas municipales podrá recalar en ese buen puerto anhelado, donde las familias alcancen a disfrutar bajo los árboles de alguna plaza limpia y ordenada, y cumplan a gusto con los impuestos. En la medida en que haya más involucramiento y propuestas desde las comisiones vecinales, se podrá transformar el deterioro en renovación y recuperación.

Mientras tanto, podrá seguir el gran festín a espaldas de la ciudadanía.

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