06 may. 2026

¿Es esto una repetición de 1929?

WASHINGTON

Al observar el deterioro de la economía y el épico debate del Congreso sobre el rescate financiero sin precedentes de 700.000 millones de dólares, es imposible no preguntarse si no estamos presenciando una repetición de 1929. Hasta los observadores más sofisticados invocan esa comparación. Martin Wolf, el comentarista económico jefe de The Financial Times, inició una columna reciente de la siguiente manera: “Han pasado justo setenta años desde (el fin de) la Gran Depresión”. Lo alarmante no es un hecho en particular sino la perspectiva de que las cosas se deslicen fuera de control. El pánico -político y económico- es el enemigo.
Hay paralelos entre aquella época y ésta, pero también hay grandes diferencias. Ahora, como entonces, los norteamericanos obtuvieron numerosos préstamos antes de la crisis ?en la década de 1920, para automóviles, radios y electrodomésticos; en la década pasada, para viviendas o contra valores inflados de viviendas. Ahora como entonces, la crisis tomó a la gente por sorpresa y es mundial en su alcance. Pero a diferencia de entonces, el gobierno federal representa una enorme parte de la economía (20 por ciento contra 3 por ciento en 1929) y sus gastos ?para el Seguro Social, Defensa, carreteras? proveen de mayor estabilización. A diferencia de entonces, los funcionarios del gobierno han actuado rápidamente, aunque con torpeza, para contener la crisis. Debemos recordar que las caídas económicas ?aunque angustiantes y decepcionantes para millones de personas? pocas veces se convierten en tragedias nacionales. Desde fines de la década de 1940, Estados Unidos ha sufrido 10 recesiones. Como promedio, han durado 10 meses, con un promedio de desempleo del 7,6 por ciento; las peores (las de 1973-75 y 1981-82) duraron 16 meses y tuvieron picos de desempleo del 9 y del 10,8 por ciento respectivamente. Ahora estamos casi con seguridad en una recesión; pero el desempleo del 6,1 por ciento de septiembre tendría que elevarse drásticamente para equipararse a los pi-cos posteriores a la Segunda Guerra Mundial.
El mercado de valores cuenta una historia similar. Ha habido previamente 10 mercados bajistas después de la guerra, definidos como bajas de por lo menos un 20 por ciento en el índice de Standard & Poor’s 500. La baja promedio fue del 31,5 por ciento; en los de 1973-74 y 2000-02 las bajas fueron de casi el 50 por ciento. A diferencia de eso, el punto más bajo de S&P hasta el momento (el viernes, 3 de octubre) fue de un 30 por ciento por debajo del pico alcanzado en octubre de 2007.
La Gran Depresión que siguió al colapso del mercado de valores en octubre de 1929 fue un fenómeno diferente. En su punto bajo, de julio de 1932, las acciones habían descendido casi un 90 por ciento de su pico. La devastación que acompañó a ese hecho ?las quiebras, embargos, ollas populares? duró una década. Incluso en 1940, el desempleo era de casi el 15 por ciento. A diferencia de las recesiones posteriores a la guerra, la Depresión no se sometió ni a mecanismos de autocorrección del mercado ni a políticas gubernamentales. ¿Por qué?
Se echó la culpa a la inestabilidad inherente al capitalismo ?justamente, hasta cierto punto?. El exceso de préstamos, de inversiones y la especulación gobernaban crónicamente los ciclos comerciales. Pero el real culpable que causó la intensidad y duración de la depresión fue la Reserva Federal. Sin darse cuenta, transformó una recesión ordinaria, aunque dura, en una calamidad, al permitir que la banca se derrumbara y que hubiera una desastrosa caída del suministro de dinero.
De 1929 a 1933, dos quintos de los bancos de la nación quebraron; las corridas de los ahorristas fueron endémicas; el suministro de dinero (básicamente, efectivo más depósitos bancarios) declinó en más de un tercio. La gente perdió cuentas bancarias; el crédito, tanto para las empresas como para los consumidores, se secó. La racionalización económica se alimentó a sí misma y abrumó los mecanismos normales de una recuperación. Entre estos canales estaban: la venta de los excedentes de inventarios, para que las empresas pudieran realizar nuevos pedidos; la expansión de las firmas fuertes a medida que los competidores débiles desaparecían; el pago de las deudas para que los prestatarios pudieran reanudar los gastos normales.
Lo que está teniendo lugar ahora es un esfuerzo desesperado para impedir una desintegración financiera moderna que profundice la crisis económica. Se dice que el rescate de 700.000 millones de dólares salvará bancos y otras instituciones financieras al hacer que el Tesoro compre sus títulos sospechosos respaldados por hipotecas. En realidad, el Tesoro está también rescatando la Reserva, que ya ?por medio de diversas acciones? prestó a las instituciones financieras aproximadamente 1 billón de dólares contra numerosos títulos. El aumento del seguro federal para depósitos, de 100.000 a 250.000 dólares tiene como objetivo desalentar las extracciones bancarias causadas por el pánico. En Europa, los gobiernos han tomado medidas similares; la semana pasada, Irlanda garantizó sus depósitos bancarios.
La causa de la timidez de la Reserva en los años 30 sigue siendo objeto de disputa. Algunos académicos sugieren una defensa inútil del patrón oro; otros acusan la doctrina errada de los “billetes reales”, que limitó los préstamos de la Reserva a los bancos en apuros. De cualquier manera, el presidente de la Reserva, Ben Bernanke, un estudioso de la Depresión, comprende el error. Los préstamos de la Reserva y el rescate tienen como objetivo evitar una desastrosa contracción del crédito.
La economía empeorará. Sigue habiendo una superabundancia de viviendas. Los consumidores más cautos han disminuido sus gastos. Los bancos y otras instituciones financieras sufrirán más pérdidas. Pero todos estos síntomas son normales en una recesión. Nuestra vulnerabilidad real yace en un sistema financiero mundial sumamente complejo, que podría resistir el rescate y la resucitación. La gran depresión se produjo como resultado de la mezcla de una economía débil y políticas gubernamentales contraproducentes. Si podemos evitar un error comparable, el gran drama vivido en estas semanas pasadas podría ser afortunadamente engañoso.

(c) 2008, Washington Post Writers Group