Estamos en esas semanas en donde se vuelve común evaluar la gestión del gobierno de turno, que en este caso cumple cuatro años en el poder.
Aprovechando esa dinámica, me gustaría, sin embargo, ensayar una suerte de evaluación de más largo plazo, intentando mirar en perspectiva el camino que hemos venido recorriendo como sociedad, particularmente en el campo socioeconómico e institucional.
Una “era” define una parte de la historia de una sociedad en la que se pueden encontrar ciertas características particulares u orden de las cosas.
Si tomamos como punto de partida un hecho relevante como la vuelta a la democracia en el año 1989, notamos que hicimos grandes esfuerzos por reformar varias de nuestras instituciones republicanas en el marco de una nueva Constitución.
Esto ocurrió durante más de una década en donde en lo económico estábamos estancados, con crecimientos realmente pobres y con varias crisis como la financiera y la de la deuda.
Las consecuencias en lo social fueron enormes, pues ya veníamos con graves retrasos históricos en este aspecto, y en el año 2002 llegamos a tener cifras de pobreza superiores al 50% de la población.
A partir del año 2003 inicia una nueva era en nuestro país, que supo aprovechar una coyuntura internacional extremadamente favorable con unos precios de los commodities por las nubes, tasas de intereses muy bajas que fomentaban la inversión y mucha demanda internacional por nuestros principales productos.
Logramos por más de una década tasas de crecimiento que promediaban cerca del 5% anual, y esto también tuvo consecuencias favorables en lo social, con reducciones sistemáticas en las tasas de pobreza a la mitad de lo que teníamos anteriormente, con más empleos que se fueron creando y con un aumento significativo de la clase media.
En términos institucionales, en el área económica hemos visto procesos de fortalecimientos muy positivos en instituciones claves como el BCP, el Ministerio de Hacienda y la AFD, por citar las principales.
Esto último explica en gran medida nuestro éxito en términos de la estabilidad macroeconómica, una condición necesaria –aunque no suficiente– para el desarrollo.
A grandes rasgos podemos decir que la inercia de la favorable coyuntura nos empujó hacia una dinámica nueva en la sociedad paraguaya, luego de tantos años de estancamiento.
No obstante, en el medio de esa vorágine de una relativa mayor abundancia, dejamos de considerar la necesidad de encarar nuevas y más profundas reformas en diversas áreas.
El tema es que ya hemos entrado en una nueva era, en la cual la coyuntura internacional es totalmente diferente y la gran bonanza ha llegado a su fin.
Esto implica sencillamente que la inercia mencionada anteriormente se irá acabando y vamos a necesitar como sociedad encarar en serio determinadas reformas, si no queremos quedar atrapados de vuelta en un futuro de estancamiento.
Cuestiones absolutamente centrales como educación, salud, seguridad social y ciudadana, servicio civil, justicia e incluso infraestructura –en donde se han dado saltos significativos en los últimos años– van a precisar grandes reformas institucionales, pues han llegado al tope de lo que pueden ofrecer; que es totalmente insuficiente, por decir lo menos.
Creo que la dinámica actual solo permite hacer algunas mejoras en algunas de estas instituciones –en otras como la justicia la cosa está realmente mal–, aunque estas serán marginales en las estructuras actuales.
En muchos campos empiezan a aparecer propuestas interesantes de cambios estructurales, pero obviamente lo técnico probablemente sea la parte más fácil y uno siempre puede aprender de las mejores prácticas a nivel mundial.
El tema es que entrar en la era de las reformas va a requerir una gran capacidad de liderazgo político y de generar ciertos acuerdos y consensos mínimos con amplios sectores.
Es ahí en donde debemos poner todas las fichas, ya que la era del crecimiento y las mejores inerciales se va acabando.