13 jul 2026

Entrenamiento en el mar, otra cara del activismo de Greenpeace

“Teórica, mecánica y físicamente”, así se tiene que entrenar la tripulación del emblemático buque Esperanza de Greenpeace, a su paso por las costas argentinas, para estar listos para participar con acciones marítimas por todo el globo en las campañas en defensa del medio ambiente.

El barco más grande de la organización ecologista Greenpeace, La Esperanza. EFE/Archivo

El barco más grande de la organización ecologista Greenpeace, La Esperanza. EFE/Archivo

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Ana Carla Martínez es una de las encargadas de brindar este tipo de formación a los nuevos voluntarios de la entidad que, próximamente, protagonizarán las nuevas expediciones del barco, como ya hicieran en defensa de los glaciares, el Ártico o la lucha contra la pesca ilegal, entre otros.

Esta argentina lleva toda una vida vinculada a la ONG, ya que antes incluso de finalizar la educación secundaria, con 17 años, ya se unió a la organización ecologista como voluntaria y, ahora, con 39, lleva seis años a bordo de la flota de barcos de Greenpeace.

Para Martínez, estas sesiones prácticas a bordo del Esperanza son una manera de que la tripulación “vaya agarrando más conocimiento” y que, quienes más saben, vayan traspasando su destreza a los recién llegados, explicó a Efe.

El adiestramiento marítimo de quienes conforman esta sección de Greenpeace consiste en aprender a manejar los botes de forma teórica y práctica -todos deben de tener la licencia para utilizarlos-, también realizan escalada y otros ejercicios que les permitan ganar agilidad para enfrentarse a contratiempos o a acciones sorpresivas ante las que deban actuar rápidamente.

“A veces, para entrenar para nuestras propias acciones utilizamos este barco como si fuera otro, tomándolo como escenario de otro barco y entonces lo abordamos. Hay un mundo de maniobras que se pueden aprender en los ‘training’ de los botes”, asegura la marinera.

Para ellos es su modo de vida, su rutina diaria, por lo que, todos en algún que otro momento terminan aprendiendo cómo llevar a cabo cada una de las prácticas que realizan y que les permitirán, si es necesario, estar “preparados para actuar en cinco minutos”.

Un adiestramiento estándar para una persona sin conocimientos previos tendrá una duración aproximada de una semana, aunque siempre se tenga en cuenta “esa cosa innata que trae cada persona”, confiesa.

Javiera Hernández, por ejemplo, es una voluntaria chilena de Greenpeace y lleva sólo cuatro meses a bordo del Esperanza, aunque ya le ha dado tiempo a cumplir un sueño.

“Desde muy pequeña conocía la organización y yo creo que era como un sueño. Una cosa así. Y bueno, ahora he aprovechado al máximo este viaje”, explicó a Efe.

Lleva dos entrenamientos con botes y asegura que es lo que realmente le gusta y la forma en la que desearía poder ayudar a sus compañeros ambientalistas a enfrentarse a una acción en medio del océano, aunque por ahora, “mantener el rumbo teniendo un bote al lado” o “situar la proa en un punto fijo” todavía se le resista.

Andrés Soto es el mecánico de botes del Esperanza y sus manos revisan cada una de las lanchas que hay a bordo para comprobar que todo esté correcto cuando deban utilizarse.

Junto a Ana Carla forma el equipo más vinculado al área formativa del Esperanza, pero también un matrimonio que nació y se consolidó alrededor de Greenpeace.

Para ellos, tener a su pareja a bordo “facilita la vida”, ya que el otro “sabe lo que significa tu trabajo, lo que significan tus metas en la vida y comparte y entiende los tiempos”.

Como ellos, y los otros 20 activistas de diversas nacionalidades que conviven en los 72 metros de largo por 14 de ancho del Esperanza, durante periodos de tres meses, miles de personas se preparan cada día en Greenpeace con el sentir común de lograr, con su esfuerzo, un planeta más sustentable y ecológico. Cristina Terceiro

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