Opinión

Entre rejas y negacionismo

Lida Duarte @lidaduarte

Las movilizaciones sociales implican una entrega de sí mismo a la causa que se defiende, no se realizan por gusto sino porque son necesarias cuando algún derecho está siendo vulnerado. Desarrollar la logística para salir a las calles es todo un desafío, desde el traslado hasta la alimentación de los participantes, así como la coordinación de reacciones frente a situaciones imprevistas o previstas (represiones físicas y hostigamientos).

Uno de los mejores ejemplos es la Federación Nacional Campesina, que a través de los años construyó una plataforma de manifestación, que durante sus casi 30 años de existencia fue incorporando modificaciones sobre sus acciones en la medida en que las instituciones estatales respondían.

Como la burocracia se concentra en Asunción, la FNC entendió que los reclamos también debían llegar a la capital, entonces comenzaron las marchas campesinas anuales durante el primer trimestre de cada año.

La indiferencia de la ciudad a sus necesidades fue siempre una constante, la organización decidió combatirla con información en formato de debates y distribución de volantes. Los miembros fueron teniendo más aceptación en los puntos de movilización, “ahora ya nos saludan al pasar”, es el testimonio de don Jacinto, mientras cuidaba las pertenencias de sus compañeras que marcaban en el #8M.

Ahora, que se preparan para la gran marcha de marzo con intervenciones en todo el país con el lema Tierra y Producción para el Desarrollo Nacional, vuelven a sentir la bofetada de la ciudad. El intendente Nenecho Rodríguez, quien disfruta de su efímero paso por un alto cargo en la Municipalidad, los emplazó para que abandonen la Plaza Juan E. O’Leary.

Rejas. La orden viene de un defensor del enrejamiento de espacios públicos, como cuando se alambran tierras para marcar una propiedad privada, había propuesto hacer lo mismo con la Plaza de Armas, un sitio histórico de manifestaciones ciudadanas.

La FNC sumó este intento de desalojo a las 800 amenazas que había manifestado en octubre del año pasado, cuando también se movilizaron. El propio Indert había admitido su responsabilidad con la falta de pago por 3.580 hectáreas que habían sido destinadas a la reforma agraria y donde los anteriores propietarios pedían la salida de los ocupantes por la mora estatal.

Esta vez, los productores se habían instalado en la plaza para coordinar las volanteadas como previa a la XXVII Marcha Campesina, pero la simple presencia de los dirigentes genera molestia en el intendente.

Su actitud responde al tonto pensamiento de negar la existencia del problema solo por la ausencia de los actores en el centro urbano. Lo mismo había ocurrido con el desalojo de comunidades indígenas de la Plaza Uruguaya, bajo el argumento de que había que “hermosear (maquillar) la ciudad”, pero hoy seguimos viendo las consecuencias de abandono a los pueblos indígenas.

La respuesta de la FNC no se dejó esperar, al grito de reforma agraria acompañó otro reclamo: “La plaza es del pueblo, no del intendente”.

Defienden el derecho a manifestarse, de expresarse libremente y de hacerlo en la ciudad. Contrariamente a lo que difunden sus detractores, son trabajadores, labran la tierra y producen alimentos para el consumo nacional como mandioca, maíz, poroto, tomate y mandioca, pero también se dedican a rubros orgánicos de exportación como es el caso del sésamo.

Sus cocimientos sobre la agricultura se pasan de generación en generación, pero conscientes de una necesidad de actualización sobre el manejo de los cultivos, también piden asistencia del Estado, que tiene programas dirigidos al sector. Evidencias sobran acerca del trabajo rural y las reivindicaciones del campesinado son irrefutables y definitivamente Asunción ya no puede basarse en el negacionismo.

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