Correo Semanal

Enrique Marini, una lección de docencia y de estética

Uno de los grandes referentes académicos de la cultura paraguaya falleció el pasado 11 de febrero. Escritores y pensadores le rinden homenaje a Enrique Marini Palmieri, en esta edición especial del Correo Semanal, que lo tuvo como importante colaborador.

Antonio V. Pecci
Escritor y periodista

Al querer realizar una evocación de una figura destacada en el ámbito de la investigación y la docencia, se encuentra uno con la dificultad de que su nombre no figura en los principales diccionarios biográficos y literarios publicados en el país. Un dato lamentable, por cierto, que se debe, posiblemente, al hecho que desarrolló toda su carrera en Europa.

Aunque en vacaciones solía venir y acostumbraba dar charlas sobre literatura a grupos interesados, no se lo tiene registrado, como es el caso de muchas otras figuras que desarrollaron sus quehaceres literarios, musicales, artísticos, en el exterior y no son mencionados en diccionarios ni reseñas. De allí la importancia de que lo evoquen quienes lo conocieron aquí y acompañaron sus charlas y hasta una iniciativa, de crear el Doctorado en Literatura, que no fue aceptado por la Facultad de Filosofía de la UNA, en la década de los 80, pese al importante currículum académico de Enrique Marini Palmieri.

Era obvio que no tenía un padrino influyente políticamente para que fuera, por lo menos, considerada su propuesta. El mezquino ambiente de la UNA le cerró las puertas, al igual que a otros destacados narradores y estudiosos que hicieron carrera en el exterior, volvieron y no se los invitó a tener cátedra, como a Augusto Roa Bastos, Elvio Romero, Rubén Bareiro Saguier, tampoco a Josefina Plá, que vivía el exilio interior.

Algunas editoriales paraguayas, como Don Bosco, junto con Intercontinental y Fausto Cultural, llegaron a publicar notables trabajos del profesor Marini sobre Roa Bastos, Casaccia, Fariña Núñez. Se incorporó también a la Academia Paraguaya de la Lengua. Fue, además, colaborador del Correo Semanal en los últimos años de su vida. Su importante biblioteca y sus trabajos inéditos y cartas, son materia de interés para que se conserven y se difundan al público, así como la desconocida trayectoria de uno de los pocos compatriotas que recibieron del Gobierno francés el título de Caballero de la Orden de las Palmas Académicas.

ASÍ ESCRIBÍA:
Sobre Eloy Fariña Núñez y la estética modernista

Si hemos elegido el proponer una edición facsimilar de Las Vértebras de Pan, de Eloy Fariña Núñez, ha sido por razones que se justifican ampliamente, como el lector habrá de sospechar, con total certeza. La primera de todas, y quizá la más importante: la de facilitarle el entrar, por el sesgo de la estética modernista, en el pensamiento de este grupo de artistas que surgió a finales del siglo XIX, cuya influencia se manifestó hasta el primer cuarto del siglo XX, tanto en América como en España. En el caso de Las Vértebras de Pan, estética concierne los detalles de la confección misma del volumen, comparándola con los volúmenes que se editan hoy. Por otro lado, la sobriedad de los temas en los relatos rompe con la idea de que en el modernismo literario todo era evanescente, floripondios -y el adjetivo sustantivado al uso entonces era acertado: el floripondio nombra a un arbusto americano, como el origen del movimiento modernista- y de amores de ninfas cloróticas y caballeros dionisiacos. Por diversos motivos se comprenderá -ya, leyendo los relatos, ya otros escritos de Fariña Núñez en la revista de Buenos Aires Nosotros- que el corte de las historias narradas es, antes bien, filosófico, de tintes esotéricos, religiosos, sociales aún. La edición facsimilar podrá sorprender, pues, por la modernidad de su impresión desde la portada, en diferentes colores: rojo para el título y verde para la viñeta que representa al Dios Pan, última divinidad del antiguo mundo pagano, desplazada por el Niño Dios que Virgilio parece haber anunciado en su égloga.

Por ende, hemos querido proponerle al lector una serie de escritos publicados por Fariña Núñez en Nosotros -a menudo mencionados por los especialistas, casi nunca publicados- y confirmar la riqueza de intereses del escritor, tanto en los relatos como en los artículos. Los breves ensayos filosóficos, estéticos, literarios, revelan el apego por lo universal propio del Modernismo.

Una vez publicado este volumen, lo principal queda por hacer, empero: la publicación de la obra completa -o algo que intente serlo, dada la dificultad bibliográfica- cuya importancia muchos especialistas reivindican. Hoy se sabe que, luego del fallecimiento del escritor, sus hermanos Virgilio y Porfirio lo hubieron intentado. Hemos querido, pues, acercarnos a la obra de Eloy Fariña Núñez, y así poder matizar sus pensamientos, estética, convicciones filosóficas; trazando el retrato de un escritor paraguayo. El retrato que cada lector conservará del autor de estas Vértebras de Pan, será de alguien que parte de la busca del ser total, universal, a la del individual a la vez. Y eso es decir Modernismo.

(Fragmento del prólogo de Enrique Marini Palmieri a la edición facsimilar de Las vértebras de Pan (1914), de Eloy Fariña Núñez. Publicación de Fausto Ediciones, Introducción y notas de Enrique Marini P. Asunción, 2014).

Delfina Acosta
Escritora y poeta

Tengo el grueso libro María, de Jorge Isaacs, con introducción y notas del amigo Enrique Marini Palmieri. Un texto de detallada investigación, de alto calibre lingüístico.

El libro me remonta, inevitablemente, a la gran figura del estudioso de la Literatura Universal, recientemente fallecido.

Leo la dedicatoria de unas pocas, pero cariñosas palabras, con fecha del 27 de septiembre de 2017.

Para recordarlo como se merece es menester traer a la memoria su valiosa reseña biográfica, reseña de un coloso, ciertamente. Fue uno de los mejores críticos literarios paraguayos, como lo fue, en otros tiempos, el poeta, cuentista y crítico literario Hugo Rodríguez Alcalá, o Roque Vallejos, que nos deleitaba, semanalmente, con su columna literaria Recogiendo guantes, publicada en el diario vespertino Última Hora.

Coordinó tertulias literarias desde 1984 hasta 1988, en el Grupo de Estudios dirigido por Raquel Chaves. También dio charlas en el Centro de Estudios Brasileros. Sus últimas investigaciones fueron sobre sor Juana, en Buenos Aires. Escribió un valioso libro acerca de nuestro Eloy Fariña Núñez.

UNA GRAN TRAYECTORIA

Fue licenciado en Letras por la Universidad Nacional de Asunción. Obtuvo la maestría en Filología francesa en la Universidad de la Sorbona (Literatura contemporánea), y el doctorado en Filología Hispánica (Literatura Hispanoamericana: Modernismo Literario). Y la habilitación para dirigir Investigación (Literatura Hispanoamericana) en la Universidad de París III- Sorbona Nueva. Fue miembro de número de la Academia Paraguaya de la Lengua Española. Fue socio del PEN Paraguay.

Especialista del modernismo literario hispanoamericano. Estudió la obra literaria de autores del Río de la Plata: Gabriel Casaccia, Augusto Roa Bastos, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar. También estudió la obra de numerosos poetas y narradores paraguayos.

Intelectual de primera línea: conversar con él era aprender, empaparse de conocimientos, de sabiduría, de historias y vidas de celebridades de la literatura de todos los tiempos. Enrique, siendo un estudioso y pensador, se volvió un hombre de todos los tiempos. Profundamente humano, sencillo hasta la médula, sensible a la poesía, noble, apasionado por la fe, con estas palabras intento definir al amigo, al ser humano, al ex catedrático, al hombre de letras con quien tuve el privilegio de conversar sobre proyectos literarios, poesía, narrativa, mutuos anhelos de un país mejor y una educación de mayor nivel.

EL VALOR DE LA CREATIVIDAD

Nunca olvido la chispa de ilusión y alegría que asomó a sus ojos cuando me mostró, una tarde calurosa de diciembre, un pesebre en miniatura. ¡Qué hermoso! ¡Cuánta ternura!

—Sí, lo compré en España —dijo con la alegría de un niño grande. Faltaban pocos días para la llegada de la Navidad.

En una oportunidad me mostró un libro pesado, de primorosa tapa y de remota fecha: un ejemplar de Don Quijote, una reliquia. Vivía entre libros, conocía el valor justo de la creatividad, y aquella prenda, que exhibía ante mis ojos, fue tratada con sus mejores palabras: “Es mi joya”. Sin lugar a dudas, tenía razón. Yo, como él, admiro la obra de Miguel de Cervantes Saavedra.

Varias veces charlábamos sobre cualquier cosa, como amigos que éramos, pero casi siempre volvíamos al sitio obligado: la literatura. Creo no equivocarme mucho si afirmo que tenía pensamientos literarios, pues su vida giraba en torno a los libros.

Me queda la satisfacción de haber sido su amiga tardía, pero amiga, de haber escuchado un elogio sobre mi obra poética (con la precisión quirúrgica del crítico), de haber saboreado tazas de café con leche en su compañía.

Lindas tardes de meriendas, de charlas, de risas, de ocurrencias, de sueños, de historias de mitos y leyendas de la literatura.

Por haber cumplido cabalmente con su misión, lo saludo con las merecidas palabras: ¡misión cumplida, inolvidable maestro!

Solo existe el aprender
Raquel Chaves
Escritora

Enrique Marini era un maestro. Ser maestro era su manera de “ser en el mundo”. Lo recuerdo parado, con un manojo de hojas en la mano, frente a los alumnos, comenzando a desgranar las notas de una interpretación lúcida y original del texto a descubrir. Sucedía entonces que no había distinción entre el que enseñaba y el alumno. Había solo el aprender, ese instante fecundo que abría las puertas a la verdad.

Recordemos el inicio de tan largo viaje. Tras egresar de la rama de Letras en la Facultad de Filosofía, su meta era París y en París, la Universidad de la Sorbonne. Allí se le exigió volver a comenzar la carrera de Letras. Y luego, la Maestría. Y más tarde, el Doctorado, bajo el amparo de Rubén Darío y el Modernismo. Gana por concurso la cátedra de Literatura Hispanoamericana en la Sorbonne, en donde ejerce la docencia largos años. No cabe aquí enumerar los congresos, seminarios, conferencias y libros en los que prodigó su saber Enrique Marini.

Pero anhelaba algo más. Quería dar a los estudiantes paraguayos la oportunidad que él no tuvo: abrir el doctorado en la Facultad de Filosofía de la UNA. Elaboró entonces un documento exhaustivo para el anhelado doctorado. Que nunca pudo abrirse. Múltiples trabas de orden burocrático o vaya a saber qué corteses evasivas lo impidieron. Fue muy triste para todos los que acompañamos tan noble iniciativa darnos cuenta que a nadie interesaba ese gesto tan altruista. Porque era el deseo de compartir una rica experiencia. Y así vivir el aprender. Recordé entonces aquellos versos: “Lo que bien amaste permanece. No te será quitado.” Ya radicado en Asunción, siguió prodigándose en talleres, conferencias y toda ocasión que le brindara la oportunidad de hablar sobre sus textos amados. Como aquella vez, cuando analizó Fervor de Buenos Aires, con una sutileza y rigor tales que al mismísimo Borges hubiera aprobado. En verdad nadie pudo quitarle a Enrique Marini su vocación de maestro.

Quiero compartir un fragmento de un prólogo que escribiera en un poemario: “Y ahora nos ofrece este manojo de poemas. Recorrido que para mí fue imposible andar, al leer y aquí, tal cual se nos traza, sino al revés, intentando guardar en el hueco de las palmas de mis manos esa misma luz que ella persiguió y perseguirá siempre, para que no huya definitivamente por entre mis dedos impotentes.”

Escribir bien significa decir su verdad, decía Octavio Paz. Por eso, para despedir a Enrique, nada mejor que las palabras de Hamlet, el desventurado príncipe de Dinamarca, a su amigo Horacio: “Y ya sabes, estás en el corazón de mi corazón”.

Un gran intelectual y gran persona
Nelson Aguilera
Escritor y docente

Lo conocí allá por 1984 cuando formaba parte del Grupo de Estudios Literarios, creado por Raquel Chaves. Este grupo tenía como objetivo profundizar el análisis de obras literarias paraguayas e iberoamericanas.

Nuestra querida profesora Raquel nos instruía cada sábado, en su casa, con té de la India, de China, de Inglaterra etc., de por medio. Allí ahondamos la literatura con ella, con Rauskin, con Osvaldo González Real y otros profesores, incluyendo a extranjeros, que iban cayendo sorpresivamente en el grupo para expandir nuestro horizonte literario.

Fue así que un día apareció en nuestro cenáculo, invitado por Raquel, el célebre profesor Enrique Marini, catedrático en la Universidad de la Sorbona (París). Desde el primer momento nos quedamos extasiados ante sus conocimientos y ante la forma didáctica que organizaba los talleres. A partir de ahí, se nos hizo costumbre solicitar su presencia cada verano europeo, que él aprovechaba para venir a visitar a su madre en Paraguay.

Con él aprendimos sobre Roa, Rubén Darío, Eloy Fariña Núñez, Casaccia, Alfonsina Storni, Sor Juana Inés de la Cruz, Borges y varios otros escritores. Las técnicas de análisis que adquirí en sus clases me sirvieron no solo para aplicarlas inmediatamente con mis alumnos de la secundaria, sino también, posteriormente, en mis estudios de postgrado en Escocia. Con él nos percatamos de que la Estilística habla, transmite ideas, mensajes, creencias, cosmovisión, ideologías etc.; y que la literatura no era solo arte, sino también pasión, política, historia, sociología, lingüística, filosofía etc. Todo esto y mucho más ensancharon nuestra mente de profesores bisoños.

Durante la maestría en Literatura y Lingüística, que cursé en el Reino Unido, mantuve una asidua correspondencia con Enrique preguntando más sobre los distintos tipos de análisis de textos. Sus cartas me ayudaron para realizar varios trabajos en las clases de Literatura Británica, ya que él era una persona dadivosa con sus conocimientos y no tenía problema de ningún tipo en compartirlos con un joven curioso como yo. También le enviaba mis poemas para que los leyera y los criticara.

En París, mi esposa y yo fuimos a visitarlo en su lugar de trabajo. Él tuvo la gentileza de mostrarnos todo lo que hacía y nos dio un tour por La Sorbona. Nos llevó, especialmente, a la biblioteca, la cual era un verdadero templo del saber. Liz y yo quedamos impactados por el ambiente de estudio y de investigación vivenciado en ese recinto. Luego, Enrique nos llevó a un restaurante para saborear una rica comida con frutos del mar.

Ya jubilado, regresó al Paraguay, y nuestra amistad continuó con encuentros en la casa de Graciela Mendoza y Mónica Núñez, en su apartamento, en confiterías, en ferias de libros, reuniones del PEN Club y en el Hogar Taitá, donde pasó sus últimos años de vida. Cabe mencionar a su sobrino Diego Marini y su familia, ya que ellos lograron que Enrique aceptara vivir en ese hogar, donde le prodigaron los mejores cuidados que un adulto mayor pudiera necesitar.

Enrique se fue, pero dejó su legado envuelto en conocimientos, en humanidad, intelectualidad y, por sobre todas las cosas, en humildad. Hasta siempre, querido maestro.

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