Opinión

En Paraguay el borde del precipicio se ve desde abajo

Miguel H. López - TW: @miguelhache

La situación económica en el país está peor de lo que uno puede imaginarse. Fuera de lo que nos explican los “expertos” de todos los colores y direcciones, la sensación “térmica” en la calle coloca la alarma en rojo y empeorando.

Quienes desarrollamos nuestras actividades en el centro de la capital del país y sus barrios aledaños observamos cómo progresivamente todo se va despoblando, deplorando, desplomando. Despoblando de comercios; despoblando de trabajadores; y despoblando de clientes y consumidores. Lo mismo pasa a lo largo y ancho de país. En el campo la situación es más sobrecogedora.

Donde antes en horas de almuerzo uno ubicaba un lugar esperando largos minutos, hoy apenas unos pocos sitios están ocupados o directamente ni una mosca vuela. Los supermercados son la muestra más sensible. No solo disminuyó la frecuencia de personas, sino que bajó el volumen y calidad de compra. Personas que antes seleccionaban entre marcas y dimensiones, hoy solo pasa por el área de granel y lleva ración limitada para consumo diario.

En las paradas de buses no es poco frecuente en horarios de mucha afluencia de transporte –siempre de muy mala calidad, por cierto– ver personas que cuentan moneda sobre moneda y espera que pase la unidad no diferencial de la línea que aguarda para viajar y ahorrarse por lo menos G. 1.200 para otros gastos de primera necesidad. Cada vez menos son quienes comen algo fuera de hora por sus zonas de empleo, sino esperan a llegar a casa para llevar algo a la boca.

Un recorrido casual, de una partida de cuadras por las arterias que antes constituían el pulmón comercial del microcentro muestra que el paisaje se tapiza de comercios cerrados y locales con carteles de alquiler. Exponencialmente crecieron los anuncios de oferta y a la inversa la disminución de compradores llega a mínimos que hace décadas no se conocen. Paralelamente los mercados como el 4 se pueblan de personas de vestir fino e inusuales en otros tiempos en esas zonas populares y de precios mayoristas.

En negocios de consumo de comidas y bebidas, como restaurantes y boliches diversos, se nota que bajó la cantidad de empleados y la atención, en consecuencia, disminuyó en frecuencia y calidad.

Como consecuencia directa de la situación que no es un asunto exclusivo de la economía, sino que interesa e impacta diversos niveles del Estado y los poderes políticos de decisión, el desempleo formal de por sí alto (para el importante volumen de la población económicamente activa que tiene el país), está empezando a elevarse conduciendo el mercado laboral local hacia la mayor informalización y la precarización de la vida de millones de personas.

Traduciendo esto en situaciones sencillas, crece el número de paraguayos que está sin trabajo, en muchísimos hogares dejó de ingresar dinero con regularidad; y muchísimas familias comienzan a vender lo poco que tienen, a no cubrir necesidades básicas como educación, ropa y comida (de tres se redujeron a 2 o 1 al día) y el impacto en la salud mental empieza a provocar estragos (esto podría conducir al aumento de casos de suicidio y asesinatos), sin contar con el incremento de la delincuencia por falta de condiciones de subsistencia.

Toda esta situación se suma al hecho de que el salario mínimo, para quienes tienen trabajo estable formal, no alcanza para cubrir lo básico que necesita una familia, como lo reconociera la propia ministra de Trabajo, Empleo y Seguridad Social del actual Gobierno, Carla Bacigalupo.

La falta de rumbo económico del Gobierno es uno de los principales problemas, que se agrava en un contexto de por sí complejo en la región y el resto del mundo. Esta circunstancia empeora al no existir medidas reales y efectivas, sino discursos y parches asistencialistas que no revierten ninguna crisis.

En Paraguay hace rato que la gente muere de hambre...

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