Teresa Domínguez
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Pensar que una escuela pudiera tener una biblioteca equipada, incluso con internet, o mejor aún una especie de buhardilla o café literario no debería estar lejos de una condición ideal. Pero lo que pasa en la escuela oficial Don Bosco de Fernando de la Mora no deja de sorprender.
La misma habitación que sirve de cantina es también la biblioteca de la escuela. Se trata de una pieza de aproximadamente cuatro por cinco metros que está ubicada al fondo de un pabellón, con poca iluminación y mucha humedad.
Al entrar por la puerta uno se encuentra con una mesa que contiene las golosinas y los alimentos que vende la cantina. El espacio de la biblioteca está separado por tres armarios pegados a la mesa de la cantina, lo que deja a la biblioteca reducida a un espacio de dos por tres metros.
Los tres estantes contienen el rico caudal literario: viejos y desfasados libros del MEC y colecciones de textos publicados por diarios. La biblioteca no cuenta con otros muebles más que dos mesas delgadas, un escritorio y una silla.
La bibliotecaria, Celia Ruiz, teme ocupar el lugar donde está instalado el escritorio con la silla porque en ese sector el piso ya se hundió más de cinco centímetros, según deja ver el desprendimiento que queda entre la pared y el piso.
En el lugar es imposible que los alumnos desarrollen actividades por la precariedad del espacio, la falta de mobiliarios y ni qué decir de materiales.
La profesora Celia responsabiliza de la situación a la actual encargada del despacho de la dirección, Lilian Raquel Garay, que usó la sala de biblioteca que tenía la escuela para el funcionamiento de un grado que venía en el turno de la tarde.
Celia asegura que de contar con un mejor espacio podrá gerenciar donativos y proyectos para mejorar el lugar.
La situación también incomoda a los cantineros, Magdalena Torales y Miguel Núñez, que tienen la explotación del local por licitación.
El hombre explicó que ofreció construir una pieza para la cantina a cambio de una reducción en el costo del alquiler que paga.
“Nos gustaría tener un espacio propio para separar los libros de la comida”, afirmó Núñez. Su esposa explicó que el trato no se aceptó porque la dirección del colegio cuenta con el monto para el pago de la limpiadora y la persona que prepara la leche para la merienda escolar de los alumnos.
“LA BIBLIOTECA NUNCA ESTUVO EQUIPADA”
En su descargo, la directora de la institución, Lilian Raquel Garay, sostuvo que la biblioteca nunca estuvo equipada con libros, mapas, ni muebles, indicando que no cumplía su función.
Dijo que se optó por dar mejor uso a la sala ya que un grado venía en el turno de la tarde, lo que dificultaba el trabajo de los docentes y la organización de los padres de familia. Explicó que abrió el 7º grado en el turno de la mañana para unificar el tercer ciclo (7º, 8º y 9º grados) a pedido de profesores y padres.
“Les dimos más importancia a los alumnos”, afirmó.
Reconoció que la escuela tiene muchas necesidades y que la infraestructura está afectada porque los pabellones se construyeron en un terreno acuoso que se rellenó y que genera mucha humedad.
También dijo que se optó por cambiar de lugar la cantina ya que antes funcionaba abajo de la escalera y donde los alimentos se llenaban de tierra.
Comentó que la profesora Celia Ruiz pidió ocupar el cargo de bibliotecaria por razones de salud y que sabía cuál era la condición del lugar.
Según Garay, que ocupa el cargo de directora como encargada de despacho, la maestra sólo tiene el objetivo de perjudicarla.