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En Día del Perpetuo Socorro piden arribo de más vacunas

 

Las flores, la música, los globos, las velas encendidas y, sobre todo, la dosis de esperanza de la feligresía pusieron color y magia a la tarde fría de ayer, domingo, día de fiesta de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.

El Santuario Nacional, sobre la calle Tacuary, de Asunción, fue el principal escenario de esta celebración religiosa. Durante la jornada se realizaron varias misas y una bulliciosa procesión de autos con el cuadro de Milagros de la Madre del Perpetuo Socorro. El recorrido fue por cerca de 7 kilómetros y abarcó 11 sectores del territorio parroquial.

La Virgen es además la santa patrona de la ciudad de Pedro Juan Caballero, donde se realizaron varias misas transmitidas a través del Facebook. El templo y la imagen de la Santa fueron decorados con flores y adornos por la tradicional fiesta, en modo Covid-19.

Mirar más allá

“El mensaje del ícono es la invitación de mirar más allá de la cruz, del sufrimiento. El Niño Jesús, en los brazos de María, a pesar de que están ahí los clavos, la lanza, la esponja marcada con vinagre, no se queda con eso, mira hacia la resurrección, hacia la redención. Y así nosotros también debemos seguir caminando en ese espíritu, más allá de lo que estamos viviendo en el presente. No dejar que el dolor actual nos destruya, que las pérdidas y enfermedad de tanta gente nos disminuya, que nos haga tener miedo”, señaló el cura párroco del Santuario Nacional en capital, Enrique López

El religioso resaltó la necesidad del cuidado personal, de ser prudentes y tratar de eliminar el miedo excesivo con el que muchas personas viven por esta crisis que genera el Covid-19.

Por otro lado, también señaló la importancia de que el Estado asegure la llegada de más vacunas.

Historia

La Virgen es patrona de los padres Redentoristas. Según cuenta la tradición, la imagen del Perpetuo Socorro fue pintada por el evangelista San Lucas.

El antiguo ícono fue venerado por siglos en Constantinopla y a fines del siglo XV, un mercader lo llevó a la iglesia de San Mateo, en Roma, donde permaneció por 300 años.

Luego de que las tropas de Napoleón destruyeran el templo, el ícono fue llevado hasta San Alfonso.

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