05 abr. 2026

El vendedor de libros que enseña a pescar

Por Francisco Cruz

Asunción, Plaza Uruguaya. Domingo, 14 de agosto.

Variadas actividades en conmemoración de la fundación de la ciudad y el Día del Niño. Payasos, batucadas, música, actuaciones teatrales se dan la mano en una jornada vespertina, donde los pequeños de la casa son los principales protagonistas.

Entre los tantos vendedores de los más disímiles productos, me llama la atención un señor que sentado en un banco de la plaza, intenta vender unos libros infantiles. Me acerco y reviso uno de los libros. “Es un juego de acertijos”, me dice. “Para motivar la lectura y la investigación en los niños. Son preguntas de geografía, español y biología”. “Interesante”, le comento. “Sí, pero no despiertan mucho interés”.

Un tanto sorprendido por el comentario, decidí convertirme por un tiempo en un “investigador social”. En una hora de observación, pasaron frente al banco decenas de familias: Padres, madres, abuelos. Solo dos personas se detuvieron. El resto pasaba indiferente. Cuando algún niño, atraído por los llamativos colores o las imágenes del libro, hacía ademán de acercarse, el familiar lo apartaba rápidamente, como si lo estuviera salvando de un peligro inminente. Algunos, pasos más adelante y, tal vez, a modo de compensación, les compraban un globo de colores o algún juguete de plástico.

Desde entonces, no he dejado de pensar en el tema. Lo observado el domingo me ha dado respuesta a varias de las interrogantes que en más de quince años de enseñanza, han formado parte de mis preocupaciones como docente. ¿Por qué una gran mayoría de los alumnos que llegan a la universidad, jamás han leído un libro? ¿Por qué les cuesta tanto trabajo entender lo desarrollado en un libro de texto?

En clases, seminarios, conferencias, congresos educativos, siempre se remarca en la necesidad de formar ciudadanos críticos y reflexivos. Pero, ¿cómo formar a estos ciudadanos tan necesarios, si la lectura no ha representado nunca una prioridad en sus vidas ni en la de sus familias? ¿Sobre quiénes recae la responsabilidad de que nuestros estudiantes, en su mayoría, sean incapaces de articular un discurso lógico y coherente sobre un determinado tema? Me aventuro a relacionar algunas hipótesis.

En orden cronológico de formación: La familia, la escuela, la sociedad. Incluyo en la sociedad a las instituciones que dirigen la educación, los políticos que trazan las líneas ideológicas, los legisladores que diseñan las leyes. En mayor o menor medida, todos somos responsables de que cada día nuestros niños y jóvenes crezcan con altos índices de incompetencia intelectual, lo que les impide pensar y reflexionar adecuadamente sobre el mundo que los rodea.

Es en la familia donde debe comenzar a fomentarse el hábito de la lectura y la investigación. Pregunto: ¿Cuántos niños recibieron en una fecha tan significativa como el Día del Niño un libro de regalo? ¿En cuántas casas existe, aunque sea modesta, una biblioteca infantil? ¿Por qué muchos niños no dimensionan que los libros son una fuente rica e inagotable de conocimientos? ¿Cuántas horas dedican los padres a leer con sus hijos y así despertar el amor por la lectura?

Con una mezcla de reconocimiento y pesar, he visto publicados en las redes sociales, fotos y comentarios de políticos en ejercicio o en formación, relacionados con regalos obsequiados a niños pertenecientes a zonas de fragilidad social y económica. Loable labor que debe aplaudirse. Esos niños recibieron alimentos, golosinas y juguetes. Sin embargo, en ninguna de las fotos he visto un libro. De más está decir, que además de alimentar el estómago, esos pequeños también necesitan alimentar el espíritu.

Regalar un libro a un niño, quizás el primero de sus vidas, puede ser el comienzo de esa cruzada que debe librarse contra la ignorancia y la desidia intelectual que tanto daño y mediocridad provocan. La lectura, fomentada desde la infancia, puede resultar un buen antídoto que nos salve como sociedad.

Mientras escribo estas reflexiones, me viene a la mente el proverbio chino que reza: “Regala pescado a un hombre y le darás alimento para un día, enséñale a pescar y lo alimentarás para el resto de su vida”. Quizás el señor que vendía libros infantiles en una plaza asuncena una tarde de domingo, le estaba diciendo a las familias: “Con mis libros quiero enseñar a pescar a vuestros hijos”. Lástima que los padres y madres que lo miraron con indiferencia, prefirieron comprarles el pescado ya cocido.

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