Correo Semanal

El teatro contemporáneo en el Paraguay

 

Pedro GamarraDoldán

El testimonio de vida de los seres humanos que han realizado, bajo su forma, algo especial merece el valor y la recordación a través de este testimonio de vida. Si el actor (y también el autor) de esa forma de ser es una persona vinculada a la cultura, la política y la economía, el hecho es más obligatorio aún. Lo que nos lleva a hablar, en este caso, de un libro muy vinculado al teatro.

Recién desde 1870 en adelante el teatro porteño-europeo llega a nuestra capital. Para más, el edificio para teatro solo lo tenemos desde 1889, el que hoy es el Teatro Municipal, entonces Nacional, o de Baudilio Alió.

El teatro, con obras y artistas nacionales, comienza a aparecer hacia 1920, abarcando también algunos puntos del interior. En la posguerra del Chaco, el Ateneo Paraguayo, y en general el factor de la radiocomunicación, despierta nuevos tiempos.

Hace poco tiempo Teresa González Meyer publicó Tiempoovillo. La utopía y el arte de innovar la escena en Paraguay, publicado por el Centro Cultural del Cabildo. Con esta obra, Teresa González Meyer cumple densa y acabadamente en hacer la crónica de los últimos sesenta años de teatro en el país; sobre todo, como ella señala “el utópico e innovador” que transitan como ella en el camino (y el caminar) dentro de las últimas corrientes culturales y de libertad de expresión.

AVENTURA ARTÍSTICA Y POLÍTICA

Como ella lo señala, hacer teatro en los años 50 y 60 era una aventura estética, artística y política, esto último para la censura, la violencia y, por qué no, la autocensura, que a veces es más dolorosa aún. Ella recoge en este libro una buena cronología de esfuerzos teatrales, de mayor o menor duración, pero no menos valioso. Cito: “El Teatro Experimental Asunceno, Teatro El Galpón, Teatro Experimental Católico, Teatro Experimental Mburicaó, Teatro Experimental Anahí, Teatro Popular de Vanguardia (TPV) o el Teatro Estudio Libre, Aty Ñe’ê”.

Estos grupos, la más de las veces, completan a otros grupos; estos, a su vez, integran otro grupo, y así sucesivamente. Esta es la experiencia o las intenciones.

El público era esencialmente joven (no exclusivamente) y los locales de preparación y actuación eran normalmente, centros internacionales, para resguardarse en algo de la censura y la policía. Era poca la ganancia, que no fuera la experiencia, conocerse, compartir cultura, hechos y, por qué no, a veces para protegerse. Cuántas obras eran retiradas de escena, por presión del gobierno.

El arte estaba en el escenario, en el obrar de estos jóvenes artistas, que daban todo de sí. González Meyer cuenta qué interacción tenían y cómo comentaban las novedades culturales que había. Mostraban bibliotecas, libros o se presentaban a personas aún mayores que daban aliento y opiniones.

La autora del libro ha realizado un esfuerzo testimonial de alto porte, y se suma pues a la memoria del colectivo teatral. Lo digo porque Teresa González Meyer cumplió, y sigue cumpliendo, su labor con el teatro y como presidenta del Centro Paraguayo de Teatro (Cepate). Es una referente cultural y del teatro de alto nivel. Estable, tranquila y capaz, su libro es de género futurista estético y memorioso, sobre todo rescata lo que fue la gira americana de Tiempoovillo, por tantos lugares y encuentros del teatro por el continente. Recuerdo que seguíamos con satisfacción las crónicas en los diarios, de ese quehacer o las actuaciones en el escenario, que nos parecían increíbles. Casi todos los integrantes no llegaban a los 30 años. Esta sobrevivencia es sumamente importante: la de ese periodo cultural, de esa utopía conmovedora y de gran ayuda para la sobrevivencia de esa historia cultural del Paraguay.

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