Por Miriam Morán
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“O sol quemante, ardente, o sol cocinheiro da gente, o sol tão firme y brunhido, o sol de fogo encendido, que quema ate o apelhido...”, cantaban Les Lu-thier?s en un estupendo sketch que homenajeaba la cultura brasilera. Estos argentinos fantásticos relataban con su brillante humor una supuesta escena que tenía como escenario las playas cariocas.
La historia hablaba de un hombre que estaba tirado en la playa cuando de pronto se produjo un “oscurecimento, un oscurecimento total, fiz a noite en pleno día, era uma sombra tão grandota...”. La sombra era producida, según el relato, por las caderas de una garota a quien el personaje comenzó a seguir por la playa.
Embelesado por la belleza de la mujer, el hombre caminó bajo el sol, sin ningún tipo de protección, por varias horas. Cuando volvió en sí, “tenía quemado todo, de la proa hasta la popa, que ni siquiera desnudo podía aguantar la ropa”. (Aclaro que el “portuñol” es el lenguaje utilizado en esta obra, que tiene unas tres décadas.)
Cuando Les Luthier?s tomaban en sorna la exposición al sol, el agujero de la capa de ozono todavía no representaba un grave problema para la humanidad. El descubrimiento del temido agujero se remonta a los 70. Recién unos años después, cuando se pudo medir el gran descenso de la concentración de ozono en la atmósfera, los humanos se dieron cuenta de cómo pueden perturbar -y llegar a destruir- el sistema climático.
Cuando la protección natural del planeta quedó disminuida, el astro pasó a ser un riesgo para la salud. Es así que el “sol quemante y ardiente” se convirtió en la principal causa de cáncer de piel.
Según datos de la Organización Mundial de la Salud, 1 de cada 3 casos de cáncer diagnosticados es de piel. Una cifra alarmante, sobre todo si consideramos que en el país la segunda causa de muerte es el cáncer.
Pero, más allá de la cifra, lo que alarma es cómo la gente sigue sin tomar las precauciones para evitar un cáncer de piel, que la mayoría de las veces es prevenible. Dicho en otros términos: el enfermo es el único responsable de su enfermedad.
Parece que las advertencias médicas no provocan la mínima conciencia, ni en jóvenes ni en adultos. Basta con recorrer los clubes y los balnearios para ver que la recomendación de no exponerse al sol entre las 10 y las 16 les entra por un oído y les sale por el otro. Aparentemente la imposición de la moda de lucir un cuerpo bronceado suena más fuerte.
Uno puede pensar que el problema es solo de quienes deciden quemarse al sol, pero no es tan así, pues muchos de esos casos irán a parar al servicio público de salud, lo que finalmente les afecta a todos los ciudadanos contribuyentes.
Se entiende que albañiles, campesinos y otros obreros tengan que exponerse al sol en horario de riesgo, porque deben conseguir el pan diario; pero ellos se cubren con sombreros, mangas largas, con lo que pueden, para intentar minimizar la influencia de los rayos ultravioletas.
Pero aquellas personas que se descubren ante el astro rey solo para lograr un color “in”, hacen pensar que tienen la razón oscurecida, y no precisamente por las caderas de una garota.