Por Mario Rubén Álvarez alva@uhora.com.py
Una manera casi generalizada de concebir a los políticos es juntar todos los calificativos posibles del castellano y el guaraní para decir que son inútiles e incapaces.
La artillería pesada de la descalificación concentra su fuego milimetrado en el Congreso, aunque es obvio que más allá de ese límite abundan aquellos a los que les calza perfectamente ese modo de retratar a los que conforman una mayoría que se distingue a la legua a través de lo que hacen. Y de lo que no hacen, según venga barajada la coyuntura.
Para ser justos, sin embargo, es preciso señalar que diputados y senadores responden con exactitud a ese perfil -el de inútiles e incapaces- solo cuando de abordar o defender intereses generales se trata. Ahí es cuando los electos en las urnas sacan sus uñas, sus 44, sus AK47 y sus misiles.
Operan según el modelo de la inutilidad y la incapacidad, cuando se plantea modernizar el paguíchi que funge de aeropuerto, el Impuesto a la Renta Personal busca poner al menos en gris lo negro o asoma en el horizonte el fin de los ahijados-operadores en el Tribunal Superior de Justicia Electoral (TSJE).
Basta con que huelan que algo va a favorecer la imagen del país, su avance institucional o se perfile la clausura del paso a los que despilfarran el dinero público para mantener a ociosos asalariados del Estado para que activen los botones de esas dos hermanas -inutilidad e incapacidad- que se parecen mucho, pero no son mellizas.
Una valoración que se precie de ecuánime no puede ignorar que la inutilidad y la incapacidad son solo parciales. Lo que sufren es una hemiplejía: se paralizan solo a la hora de mejorar el Paraguay. En su otra mitad, son todo lo contrario: demuestran una actitud y una aptitud que parecen increíbles aunque un cuidadoso rastreo de la cultura paraguaya dirá que no.
Cuando de defender sus intereses -personales, de su movimiento, bancada o partido- se trata, el tuerto mira con ocho ojos, el que nunca habla para proponer un proyecto de ley libera 180 palabras por minuto y el más lento gira en la curva a la velocidad de Fórmula 1.
Ayer el Senado mostró una nueva evidencia de que cuando se trata de apretar filas en torno a algo que les interesa, se apresuran en encontrar “soluciones”. Y, por fin, están otra vez 45 como tuvo que haber sido siempre.
Cuando los legisladores cerraron las compuertas a la posibilidad de reelección -vía enmienda constitucional- del presidente Fernando Lugo, apareció el plan B de que pudiera postularse como candidato a senador n.° 1. Una especie de opción para ganar la carrera pé porque la principal estaba perdida.
Como le ocurre al presidente desde que desplazó a los colorados de la mamadera más grande, por carecer de una fuerza parlamentaria capaz de torcer el curso de los hechos, dependía de otra pieza dentro del perverso tablero del ajedrez político.
Esa pieza clave era el juramento del expresidente Nicanor Duarte Frutos. Si él extendía sus brazos y pronunciaba la fórmula de rigor ante los que iban a empezar a ser sus pares, santas pascuas: el premio consuelo para Lugo estaba asegurado. Con ese antecedente podía encabezar alguna lista para conservar cierto resto de oxígeno en el 2013.
Como los políticos son más hábiles en cerrar puertas que en abrirlas, desde el instante en que “Nicanor senador” significó “Lugo senador”, el primero quedó noqueado ipso facto. Si la vida de uno era la del otro, lo más barato era decretar la defunción de ambos. Ahora solo queda la novena.