Opinión

El núcleo malvado

Blas Brítez

En 1975, mientras Yo el Supremo acopiaba elogios tras su reciente publicación en Buenos Aires, Augusto Roa Bastos fue invitado por la revista Siete Días Ilustrados para integrar el jurado del Primer Certamen Latinoamericano de Cuentos Policiales, patrocinado por el semanario. La presencia del escritor paraguayo en dicho tribunal literario resulta una sorpresa. El policial –”una especie del género literatura”, como lo definió Roa– no forma parte, en rigurosidad, de su obra como él mismo lo reconoció.

En entrevista publicada en junio de aquel año (más tarde en un libro de Jorge Lafforgue y Jorge B. Rivera ), Roa Bastos no solo muestra conocimiento cabal de la tradición policial o detectivesca, sino también ofrece, como prueba de su asimilación, dos cuentos propios, cómplices lejanos del universo narrativo prefigurado por Édgar Allan Poe, un siglo antes: “Borrador de un informe”, de 1958; “Ajuste de cuentas”, sin fecha de escritura, hacia 1967. Estos textos están impregnados, sugiere su autor, “del espíritu de búsqueda de un determinado elemento o núcleo malvado en la condición humana”.

Tienen olor a muerte.

La presencia del escritor paraguayo en un trío de cuentistas policiales sin serlo (con Jorge Luis Borges y Marco Denevi) es paradigmática. Ese núcleo malvado que caracteriza a la ficción de los crímenes, casi cincuenta años después es una varita mágica como recurso. Su multiuso convierte los libros no estrictamente policiales, en partícipes indirectos (y libres) del género. “Intriga, investigador, desciframiento”, resumió Roa. Una fórmula que no practicaba, pero que conocía bien y de la que abrevaba.

Por el vestigio del lenguaje policial que, en este caso, es también la locución del poder; sobre todo “Borrador de un informe” es un texto precursor de Yo el Supremo y entraña temas de género de poderosa actualidad. Aquí en veinticuatro horas hay tres cadáveres. Dos personas son asesinadas por el Párroco de la basílica caacupeña, “en defensa propia”: El alcalde y el juez. Inverosímiles como acostumbra este país, han asaltado la Casa Parroquial en la víspera de la festividad central, codiciosos de las donaciones de la fe. La tercera muerte es la de una prostituta. Horas antes, desgarradas las ropas, carga una cruz, bajando por las laderas de los cerros, hacia la Virgen. Es el “Cristo hembra”. La cara femenina del Cristo de Itapé de Hijo de hombre.

Esta mujer al narrador le parece un sacrilegio andante. El hombre es funcionario de la Delegación de Gobierno enviado a Caacupé para dirigir la represión de los desmanes de los peregrinos luego de los asesinatos de las autoridades, castigar la conversión de los trabajadores informales a la delincuencia, dar protección ante el asecho de las montoneras fantasmales, entre otras labores.

En una técnica que prefigura la novela sobre el Dr. Francia, el informe que elevará al “Señor Coronel” (la omnisciente autoridad militar) está infestado de anotaciones subjetivas que contradicen el discurso policial, los hechos mismos. Así intuimos que el autor de la tercera muerte no es otro que el propio narrador y no la yarará del informe. Estamos ante el poder que desea, viola y mata. En el centro de la misoginia que deviene feminicidio. Por eso el informe es solo un “borrador”. Presupone una posterior versión expurgada de debilidades y confesiones que el lector ya no leerá.

La paradoja de la duplicidad de la escritura es la base ideológica —demasiado hiriente para la razón occidental y, al mismo tiempo, heredera de ella— de Yo el Supremo. Los documentos dicen lo que dicen en tanto están escritos, se han canonizado y forman parte de una convención que participa del lenguaje y, por ende, de la mentira. Con los mismos textos, intuye Roa, se puede afirmar exactamente lo contrario de lo estatuido, revisar sus dobleces, develar sus sobreescrituras. Es la lección que Roa aprendió entre 1958 y 1974. Quince años duraría el proceso de maduración de un escritor que en la década del 60 frecuentaba los círculos porteños del psicoanálisis, la lingüística y, por supuesto, la literatura.

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