Opinión

El infortunio no se enamoró del Paraguay

Andrés Colmán Gutiérrez – @andrescolman

En realidad no fue el gran escritor Augusto Roa Bastos, sino el jurista Teodosio González quien inventó la historia de un apasionado romance entre el señor Infortunio y esta guaranítica y mediterránea nación.

En su libro “Infortunios del Paraguay”, publicado en 1931, Teodosio ya describía a este atribulado país: “El infortunio, en estos tiempos más graves para los hombres como para los pueblos, que en tan alto grado aqueja al Paraguay de modo crónico, es la pobreza”.

Su visión es fuertemente crítica: “El país más heroico pero también más pobre de la América, que vive contemplando su pasado, adormecido por el arrullo de su Epopeya”.

Fiel cronista de su época, Augusto Roa Bastos también refleja el dolor de su pueblo en sus cuentos y novelas. A su regreso del largo exilio, tras la caída de la dictadura stronista, en algún artículo de prensa publicado los años 90, desesperanzado ante los pocos avances de la transición democrática, quizás recuperando el espíritu de Don Teodosio, el autor de Yo el Supremo estampó aquella frase que se volvería una de sus marcas más célebres: “El infortunio se enamoró del Paraguay”.

Es la frase que nos gusta repetir cada vez que ocurre algo negativo o apocalíptico, cuando se desata algún incendio dantesco o nos azota alguna tormenta sin control, cuando nuestras autoridades cometen alguna barrabasada política o los medios de comunicación nos estremecen con algún horrendo crimen o algún caso de abuso de poder o de injusticia.

La frase da para todo y lo explica todo de un modo mágico. El infortunio se enamoró del Paraguay. Significa que hemos sido maldecidos por el destino o por alguna fuerza superior, somos prisioneros de designios inexplicables, estamos condenados a la tragedia. Nada que hagamos por superar esta situación dará resultado o valdrá la pena. Nunca podremos superar la pobreza o vencer las injusticias. Péicha guarãntema ñande.

Particularmente no creo que el maestro Roa Bastos, un entrañable militante de la vida y la esperanza, defensor de las energías creadoras del pueblo, especialmente de las mujeres y los jóvenes, haya pretendido darle un sentido de fatalismo, derrotismo o determinismo a esa frase. Simplemente le encontró una belleza poética y literaria, la contundencia de una metáfora.

La imagen de un Paraguay enamorado del infortunio es la imagen de una vieja fotografía “que no describe las problemáticas políticas y económicas que caracterizan al Paraguay de hoy”, como lo señala con certera clarividencia la politóloga Magdalena López.

El infortunio no se enamoró del Paraguay. Lo que llamamos infortunio en realidad es un sistema político, social y económico que se sostiene en la exclusión de los más pobres, que acrecienta la desigualdad, que genera corrupción e injusticia, criminalidad y destrucción del medio ambiente, alentado por una clase política y un poder económico que se aprovechan de la miseria y la ignorancia para acumular riquezas y privilegios. Mientras sigamos justificando todo porque “el infortunio se enamoró del Paraguay”, solo les seguiremos el juego.

No es verdad. Hay otras realidades del país en donde se construyen iniciativas de solidaridad. Quizás son pocas, pero son. Hay asociaciones de productores que cultivan en forma orgánica y venden a precio justo. Hay proyectos culturales que construyen memoria y consolidan una identidad solidaria. Hay experiencias de gobiernos locales en donde no se roba el dinero público, sino que se invierte con trasparencia en obras de beneficio comunitario. Hay espacios de creación artística y cultural que consagran a las voces más olvidadas.

Hay proyectos en marcha que dibujan otro Paraguay posible. No son noticias frecuentes, porque probablemente no contienen elementos de escándalos, no generan rating a los medios de comunicación, pero son la prueba palpable de que también la esperanza y la utopía siguen enamoradas del Paraguay.

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