12 abr. 2026

El hambre

Por Arnaldo Alegre

Arnaldo Alegre

25.000 personas por día se mueren en el mundo por causas relacionadas con el hambre y otros 842 millones de seres humanos padecen hambre. Pero a la vez, la agricultura mundial está en condiciones de alimentar a 12.000 millones de personas. También, 1.000 millones de personas deben vivir con 1,25 dólares (un poco más de 5.000 guaraníes) al día. Pero a la vez, 46% de las riquezas del mundo están en manos del 1% de sus habitantes. Es más, los 85 hombres más ricos del mundo tienen más dinero que 3.500 millones de pobres. Si los números son geniales en las cuentas bancarias, también lo son para desnudar las paradojas y el absurdo.

Son precisamente la paradoja y el absurdo algunos de los recursos de los que hecha mano el escritor hispano-argentino Martín Caparrós en uno de sus últimos libros: El hambre.

Son más de 600 páginas en las que el escritor y periodista –con un estilo personalísimo: que va de lo irónico a lo autorreferencial, pero sin caer en el panfletismo barato– desnuda las raíces de este problema y las contradicciones que plantea el capitalismo.

Caparrós pone el acento sobre los hambrientos, sobre quienes sostiene que “no son proletarios –engranajes necesarios para el funcionamiento de la máquina–; son basura. Son basura con la que nadie sabe bien qué hacer. O saben, pero no se animan”.

En las páginas del libro desfilan, entre otros, los doctores de Médicos sin Frontera, que tratan de olvidar los muertos que dejan atrás para enfocarse en los que aún pueden salvar; las empresas de alimentos que ganan más que la mitad de los países del mundo; los gobiernos que mantienen a sus pobres porque son funcionales al sistema, y también los que optan por el biocombustible que saca comida de la boca, por la lógica del mercado, a los que ya tienen pocas opciones de alimentarse. Pero fundamentalmente son protagonistas los hambrientos que no saben qué es comer no ya tres veces al día, sino una vez al día. También habla de lo que es sentir hambre. O lo que es peor, sentir la imposibilidad de comer.

Pero Caparrós se anima a más y propone que el hambre es un tema ideológico que tiene una solución política, como ser la creación de tasas a los productos tecnológicos o la tasa Tobin a las transacciones financieras.

Además, plantea que en una época de abulia ideológica el hambre es una buena causa de lucha social. “Es duro hacerse preguntas cuyas respuestas uno considera inalcanzables, es triste no hacerlas”, sostiene el autor, incitando a la revolución contra el hambre.