20 abr. 2026

El empleo esquivo

Por Darío Lugo

Si tenemos en cuenta que el 70% de la población paraguaya no alcanza los 40 años de edad, con todo el potencial de oportunidades, fortaleza juvenil, espíritu fresco e ideas renovadoras al servicio de proyectos relevantes, no es posible que muchos de los principales protagonistas de esta anhelada situación deambulen en busca del primer empleo o bien concreten changas temporales.

Más allá de la iniciativa pública, mediante el Servicio Nacional de Promoción Profesional (SNPP) y del Sistema Nacional de Formación y Capacitación Laboral (Sinafocal), además de las privadas “Expo Empleos”, no se vislumbran políticas de Estado que hagan converger masivamente a empresas y postulantes para lograr el ansiado primer trabajo remunerado.

Muchas veces, la falta de capacitación es uno de los factores que interrumpen el sueño de ser admitido en el engranaje de una organización, e incluso la desorientación cuando los aspirantes no pueden elaborar tan siquiera un currículum o carecen de las capacidades para asumir el rol exigido por la empresa que busca contratar.

Este fenómeno deriva del distanciamiento entre la malla curricular de las instituciones educativas y lo que requiere el mercado en torno a profesiones o mandos medios.

En un ránking de 12 países de la región, Paraguay se ubica en el noveno puesto entre los que menos invierten en educación con respecto al producto interno bruto, cuando la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) establece que se debe invertir el 7% del PIB, como mínimo.

La falta de oportunidades para la población joven es uno de los mayores despropósitos de un Estado, puesto que no se puede cimentar un futuro en el que gran parte de esa franja se vea desprovista de la alternativa para mejorar su condición de vida, y deba apelar a puestos temporales o resignarse a trabajos mal remunerados que, encima, no les permiten seguir formándose, por la carga horaria extendida que insume la mayoría.

El denominado bono demográfico, es decir, la capacidad productiva que tendría la siguiente generación gracias a la posibilidad de capacitarse frente a un mundo exigente, expira hacia 2050, y si no se aprovecha este tiempo en orientar y preparar a la población joven para un mundo cada vez más competitivo, seguirán avanzando la emigración, la marginalidad y la delincuencia, un cóctel ideal que obstruye toda posibilidad de desarrollo.