28 ago 2026

El Cristiano y la electricidad

Por Guido Rodríguez Alcalá |

Con la llegada del Cristiano, el gran cañón de la Guerra Grande, algunos se volverán más exigentes. ¿Dónde está el resto?, preguntarán, ¿dónde la pólvora y las balas? Suponiendo que -por esta vez- acepten el cañón sin los accesorios, el próximo paso será exigir los archivos secretos de Itamaratí.

Sobre los archivos secretos, repito una versión periodística, que llamaré versión A. Ni bien terminada la Guerra de la Triple Alianza, Itamaratí reunió toda la documentación referente a la guerra y sus antecedentes en una sección con el rótulo de “top secret"; desde entonces, nadie la ha visto, aunque se sabe que contiene verdades escalofriantes.

Es cierto que, en 1870, el idioma de la diplomacia brasilera era el francés, así que “top secret” resulta dudoso. Es cierto también que el tratado de límites paraguayo-brasilero se firmó en 1872, y hubiera sido molesto para Itamaratí guardar la documentación bajo llave antes de la firma. Por lo demás, Itamaratí no existía en 1870: el Ministerio de Asuntos Extranjeros (luego Relaciones) del Brasil pasó a llamarse Itamaratí después de 1900, cuando se mudó al palacio de Itamaratí.

¿Qué pueden contener esos escalofriantes archivos secretos? Vamos a la versión B: el dinero que pagó Itamaratí (aún inexistente) a funcionarios paraguayos para que firmaran el tratado de límites de 1872. El dinero estaba de más. En los años de la ocupación militar, el Paraguay fue un protectorado brasilero, y en un protectorado no se soborna, se ordena; una orden excluyó de las negociaciones de límites al paraguayo José Falcón, reemplazado por un negociador más dócil. Las presiones brasileras durante la ocupación están bien documentadas en un ensayo publicado en 1972 por el norteamericano Harris Gaylord Warren. En lo básico, Warren coincide con el inglés Pelham Horton Box, autor del libro Los orígenes de la Guerra de la Triple Alianza, publicado en 1930. Uno y otro demuestran un excelente conocimiento de los archivos brasileros, como Francisco Doratioto, Thomas Whigham y otras personas que se ocuparon del tema.

Pero, ¿no hay algo más terrible que lo comentado por esos historiadores? El problema es que ni siquiera Itamaratí lo sabe. Cuando (hace unos años) saltó la liebre de los archivos secretos, Itamaratí preguntó a los entendidos si los habían visto, porque en Itamaratí no los conocían. Lo entendidos dijeron que no; las declaraciones oficiales fueron que no. Como saben bien los abogados, no es poca cosa la prueba negativa de los hechos. Para consuelo de ciertos compatriotas, no se puede probar la inexistencia de esos archivos, así que las quejas seguirán.

Lo notable del caso es la obsesión del pasado y la exclusión del presente. Traer o no traer papeles de 1870 parece más importante que traer o no traer electricidad hoy. Y no se trata solo del ventilador o el secador de pelo; se trata del funcionamiento de escuelas, hospitales e industrias. La electricidad de Itaipú no ha llegado a Villa Hayes por culpa de una multinacional (Areva) y de ciertos funcionarios paraguayos. Esto ha perjudicado a todos, sin que la mayoría se interesara en informarse sobre el problema y su solución. El tema del momento son las últimas noticias del conde D’Eu.