Por Padre Víctor Urrestarazu
”...Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel...”.
Lucas 2, 22-40
Cuarenta días después del nacimiento, cuando Jesús había sido presentado en el Templo, el viejo Simeón proclamaba la Salvación de los pueblos y profetizaba a quien iba a ser luz para iluminar a los gentiles y gloria de Israel. Luz divina para todas las naciones y, por eso mismo, gloria de Israel.
Los pastores y los Magos son los primeros de una multitud, donde ya no habrá diferencias. Nosotros, siglos después, formamos también parte de ese Pueblo convocado en la Nueva Alianza.
Los Magos llevan oro, incienso y mirra. ¿Qué llevamos nosotros al niño Jesús? Nos acercamos a Belén cargados y animados por el trabajo de todas las actividades humanas.
Cargados, porque el trabajo duro, continuo, exigente, es para nosotros peso. El trabajo, siempre vocación del hombre, con el pecado se volvió esfuerzo, lucha y dolor. Con la desobedien-cia, entró la muerte; muerte que Cristo quiso también padecer.
El trabajo nuestro, participación en los sufrimientos de Cristo, es también bálsamo para curar, para limpiar y aliviar las tremendas heridas, que hemos abierto con nuestros pecados en su Santísima Humanidad. Nada faltó a la Pasión de Jesús para salvarnos, pero, para que sus méritos se nos apliquen, debemos completar en nuestra carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para su cuerpo que es la Iglesia. Alegría de participar en los sufrimientos de la Cruz para que Cristo se forme en cada miembro de su cuerpo místico: afán de almas, amor redentor del cristiano. Nuestras fatigas sirven para la salvación de muchas almas.
El pan de vida, pan bajado del cielo, pan para la vida del mundo, nos está esperando ahora en el Belén del Sagrario, donde hay más humildad, más anonadamiento que en la cuna y que en el Calvario.
Vamos a Belén con el oro del desprendimiento de los éxitos y de los fracasos, con el incienso de las ganas de servir y de comprender -caridad, pureza: buen olor de Cristo- y la mirra del sacrificio de cada día.
Vamos animados por el trabajo, porque el trabajo es para nosotros camino para llegar a Jesús; es, de algún modo, el camino hacia Belén: allí donde nace el Verbo encarnado, donde cielos y tierra se unen, en el seno de María y, después, en aquella humilde cuna de Belén. Allí vamos nosotros, que tratamos de unir trabajo y oración, oración y trabajo: el mundo con Dios.
Vamos con buen ánimo, con paso alegre. El trabajo es, en efecto, y a pesar de las dificultades que siempre conlleva -y que algunas veces tanto nos hacen sufrir-, vida, tarea, don, crecimiento, servicio a Dios y a los demás. Por eso tratamos de quererlo, hacerlo con alegría, con entusiasmo: con pasión profesional. El trabajo es, en este sentido, motor que impulsa. Es bueno salir de casa con deseos de cumplir aquella tarea humana que constituye nuestra vocación profesional y, a la vez, nos ubica en la sociedad.
Vamos, animados por el trabajo, al Sagrario, al Tabernáculo, a la casa del Señor de los Ejércitos, fuerza de nuestras luchas de paz por alcanzar las virtudes. Le ofrecemos esa lucha a Él, porque no hay nada bueno que hayamos hecho que no venga de Él.