11 feb. 2026

Educar la ansiedad regulatoria

Por Bruno Vaccotti.
Columnista invitado.

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Tenemos la capacidad de cometer el mismo error con sorprendente disciplina: confundir modernidad con copia. Cada vez que una nueva tecnología emerge, aparece la ansiedad por estar a la altura del mundo, lo que en la práctica suele traducirse en importar marcos regulatorios diseñados para otras realidades, otras escalas y otros problemas. El resultado casi nunca es liderazgo. Más bien, una irrelevancia cuidadosamente regulada.

Hoy ese riesgo vuelve a aparecer con fuerza alrededor de la inteligencia artificial y de la infraestructura que la hace posible. Los grandes centros de datos no son una abstracción futurista ni una promesa etérea: son las fábricas del siglo XXI. Consumen energía, capital, talento y previsibilidad. Y, como cualquier industria intensiva, se mueven cuando el entorno se vuelve hostil. Eso es exactamente lo que está ocurriendo en Brasil.

No se trata de una crisis de capacidad técnica ni de falta de mercado. Brasil tiene talento, empresas, escala y demanda. El problema es otro: un entramado regulatorio cada vez más pesado, rígido y alineado con modelos que priorizan la prohibición preventiva por sobre la gestión inteligente del riesgo. Cuando el costo de cumplir empieza a ser mayor que el de innovar, la innovación no se vuelve más responsable. Simplemente se va a otro lado.

Y ahí aparece una oportunidad para Paraguay. No como una casualidad ni como un golpe de suerte, sino como una consecuencia lógica. Energía abundante, disponible y limpia. Cercanía geográfica. Estabilidad relativa. Y, sobre todo, un marco normativo que todavía no decidió desconfiar por defecto de todo lo nuevo. Para los data centers brasileños que evalúan migrar operaciones, Paraguay no es un “plan B”. Es el destino natural.

El problema es que esa ventaja es frágil. Puede desaparecer muy rápido si caemos en la tentación de copiar exactamente las mismas regulaciones que están empujando a estas empresas a salir de su país de origen. Hacer eso no es prudencia. Es un acto de autoboicot.
El debate sobre inteligencia artificial y regulación es válido y necesario. Nadie sensato propone un territorio sin reglas. Pero hay una diferencia enorme entre regular para habilitar y regular para bloquear. Entre establecer principios claros y levantar murallas burocráticas. Entre gestionar riesgos reales y anticipar miedos hipotéticos. Regular no es sinónimo de prohibir, aunque a veces se confunda.

Existen enfoques alternativos, más flexibles y pragmáticos, que parten de una premisa simple: la tecnología evoluciona más rápido que la ley. Por lo tanto, la regulación debe ser adaptable, basada en riesgos concretos y abierta a la experimentación. No todo problema se resuelve con una prohibición ex ante. Muchas veces, se agrava y se vuelve irreversible.

Cuando un país decide que su ventaja competitiva es el cumplimiento estricto de estándares pensados para economías con otros niveles de desarrollo, renuncia a jugar su propio partido. Paraguay no compite con Europa. Compite con otros países de la región por atraer capital, infraestructura y talento. Y en esa competencia, la flexibilidad inteligente vale más que el exceso de celo normativo.

Los data centers no traen solo servidores. Traen inversión directa, empleo calificado, transferencia de conocimiento y demanda energética de largo plazo. Son una oportunidad concreta de transformar excedentes energéticos en desarrollo real. Perder esta ventana por ansiedad regulatoria sería imperdonable.

La innovación no florece en entornos donde todo está permitido, pero tampoco sobrevive donde todo está sospechado. Necesita reglas claras, previsibles y proporcionales. Necesita puentes entre el Estado y el sector privado, no trincheras ideológicas. Necesita entender que regular no es demostrar desconfianza, sino construir confianza.

Paraguay todavía está a tiempo de elegir bien. De aprender de los errores ajenos en lugar de replicarlos con entusiasmo. De posicionarse como un país que entiende su rol en la economía digital global: no como regulador moral del futuro, sino como facilitador inteligente del presente.

Si levantamos las mismas murallas de las que otros están escapando, no deberíamos sorprendernos cuando el capital simplemente siga de largo. En un mundo donde la tecnología es móvil y la inversión también, la competitividad no se declama. Se cuida.

Y cuidarla implica hacer algo verdaderamente revolucionario: no copiar, escuchar y construir en conjunto. Dejar de pescar dentro de un barril porque es más fácil, mientras afuera existe un océano de oportunidades. La “isla rodeada de tierra” de Roa Bastos puede, por primera vez en décadas, dejarnos atrás no solo la mediterraneidad geográfica, sino también la mental.

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